2-9-10 ¿Y si no existiera el libre albedrío?

           Puede que todo sea una ilusión. Quizá cuando creemos haber tomado una decisión concienzuda, sopesada y meditada sólo haya sido producto de nuestro inconsciente. La elección de pareja, de colegio para los hijos, de casa para toda una vida, de nuevo coche, de lugar para las próximas vacaciones pueden ser actos en los que nuestra voluntad consciente apenas tenga nada que ver. Si esto fuera así, y tiene muchos visos de serlo, todo nuestro sistema legal, moral, de faltas, delitos, culpas, cárceles, tercer grado, etc., deberá ser revisado. ¡Ahí es nada!

Bifurcaciones neuronales            Entre los varios libros que he leído este verano, hay uno muy serio y riguroso que afirma cuanto acabo de resumir en el párrafo anterior de este primer artículo de la temporada: se trata de la última publicación, “El fantasma de la libertad – Datos de la revolución neurocientífica”, del prestigioso profesor emérito de Fisiología Humana de la Complutense, Francisco J. Rubia, del que hace años ya había leído tratados igual de interesantes: “El cerebro nos engaña”, “¿Qué sabes de tu cerebro?” y “La conexión divina”. Rubia ha pasado buena parte de su vida académica y profesional en Alemania, es miembro numerario de la Real Academia Nacional de Medicina, y Vicepresidente de la Academia Europea de Ciencias y Artes. Os aburro con todas estas descripciones para dejar claro que el autor de afirmaciones tan categóricas como las telegrafiadas arriba no es un aficionado ni un vendedor de bulos.

            Va imponiéndose un amplio consenso en el ámbito de las ciencias del cerebro en el sentido de que las consecuencias de la genética, el entorno, especialmente el de los primeros años de nuestras vidas, y las experiencias  Esto sí que era un cerebro que vamos acumulando a lo largo de los años, en forma de eso que llamamos memoria, memoria no sólo de datos sino de emociones, sentimientos, capacidad motora y sensorial, conforman casi en exclusiva lo que tenemos en ese kilo y medio de asquerosito y blandengue puñado de células con millones de neuronas, actividad eléctrica y reacciones químicas. Ya me he referido en otras ocasiones a esa especie de media nuez que guardamos con poco miramiento dentro de los huesos de nuestra azotea. Siempre me pareció que, aunque represente apenas un 2% de nuestro peso corporal, hay en él mucha tela que cortar y muchos misterios por descubrir.

            Pues parece que los últimos estudios y las más sofisticadas investigaciones con la tecnología punta de que hoy se dispone, nos hablan de que lo que siempre hemos creído como propio de los humanos: el libre albedrío, la voluntad, la plena consciencia, son, de existir, apenas retales si se comparan con nuestra actividad inconsciente. Así que un siglo después de los controvertidos descubrimientos del ínclito Sigmund Freud respecto al subconsciente y la forma en que éste afectaba para bien, y normalmente para mal, a nuestro mundo, nuestros miedos, complejos, neurosis y fobias, parece que no andaba nada descabellado; y eso que no contaba con la posibilidad de ver el cerebro de sus pacientes en plena tarea a través de los modernos avances tecnológicos en lo concerniente a la visión tridimensional de imágenes internas y contrastes en tiempo real.

¿Serán gigantes o molinos? Depende            Hace años, muchos, cuando yo aún estaba activo y procuraba conocer cuáles eran los mecanismos por los que las familias decidían el colegio para sus hijos, tenía para mí la impresión de que en la mayoría de los casos eran puro pálpito: el consejo de unos amigos, una emoción imperceptible al visitar los centros candidatos… nada científico; por eso me afanaba en convencer a cuantos trabajaban en los colegios, no sólo como docentes, sino en cualquier área o actividad, de que hablaran maravillas sobre su centro de trabajo en todos sus entornos porque ese era el mejor medio de captar nuevos clientes; que fueran capaces de transmitir emoción a cuantos hablaran de su trabajo. La experiencia funcionaba.

            Pensemos, sin prejuicios, cuáles han sido los motivos que nos han llevado a tomar las decisiones más importantes de nuestra vida y, si de verdad lo hacemos sin prejuicios, llegaremos a la conclusión de que pura intuición, a veces también llamada muy oportunamente sexto sentido o corazonada. Al fin y al cabo, el corazón sólo es un músculo, importante para la vida, pero sólo un músculo; también es importante el estómago, el hígado, los riñones, las piernas y los brazos y… Pero cuando hablamos de corazonadas o de actuar con el corazón y no con la razón lo que sin saberlo estamos expresando es justamente lo que ahora se está confirmando: que en la parte más profunda, más primitiva de nuestro cerebro, el sistema límbico, la más parecida a la de nuestros antecesores, los primates y los reptiles, es en la que se fraguan de forma determinista casi todas las decisiones; y cuando hablamos de actuar con la razón nos estamos refiriendo sin saberlo a la actividad de la parte más superficial o corteza, la última en nuestra evolución y la que, por lo que parece, tiene menos trabajo y menos aplicaciones de lo que pensábamos.

            Juguemos a imaginar: si esto es así, si nuestros actos, los justos, los morales, los socialmente aceptables y      La Luna gira alrededor de la Tierra     admirables, pero también los malvados, los reprobables y los peligrosos para los demás son producto de una actividad cerebral en la que el supuesto libre albedrío y la pretendida voluntad consciente intervienen nada o muy poco, y todos son producto del acúmulo de genética, entorno y experiencias almacenadas hasta ese momento, ¿qué ocurre con nuestro sistema social y penal?, ¿cómo castigar a quien no es culpable? Puesto que no puede haber culpa ni imputabilidad cuando no hay libertad de acción. Ya sé, ya sé que se nos ponen los pelos como escarpias y que lo cómodo es decir que todo esto son elucubraciones de quienes no tienen nada mejor que hacer; pero no olvidemos el escándalo que supuso la teoría heliocéntrica de Copérnico en el siglo XVI; es decir, el descubrimiento de que no era la Tierra el centro del universo sino que ésta giraba alrededor del Sol. La Iglesia fue la primera en cerrar los ojos y cerrárselos a los demás ante tal “infamia”. O sea, que lo que se ha venido creyendo hasta un momento dado no tiene por qué ser verdad inmutable para siempre; lo es hasta que se demuestra lo contrario.

            Si estos asuntos os aburren y preferís que siga dando caña a los políticos y burócratas de turno, no tenéis más que decirlo. Yo estoy aquí para satisfacer al respetable. Esa es mi voluntad y mi libre albedrío… ¿o quizá no?

4 Comentarios

  1. Pepe
    Oct 1, 2010

    Querido Luís:
    El tema es interesante, no lo dudes. Realmente todo lo que nos haga pensar un poco es positivo, aunque sea para que no se oxide esa masa viscosa que nos habita.
    Realmente me recuerda aquella gran obra de Calderón, La Vida es Sueño, que por otro lado, me dejó una sensación de desasosiego la primera vez que la leí, hace ya algún tiempo.
    Pero en cualquier caso, hoy por hoy, con lo poco que sabemos de los condicionamientos genéticos, geográficos, ambientales, del subconsciente…sigo pensando que la inmensa mayoría de nosotros sabemos discernir lo que la inmensa mayoría de nosotros considera que es malvado, bondadoso, cruel…he vivido allá en el sur, a esos 14 kms que separan dos continentes y al menos en esa orilla los valores que imperan no son tan distintos de los nuestros, distinta cultura, religión, historia…pero el concepto del mal y el bien no son tan diferentes…sigo pensando que después de todos los condicionamientos, nos sigue quedando un poco de libre albedrío…al menos eso espero.
    Un abrazo.

  2. Adelaida
    Sep 30, 2010

    Querido Luis:
    Vienen de lejos mis zozobras sobre el poder de la mente, lo desconocido y lo inexplorado de sus aptitudes, sin embargo, por encima de cualquier interpretación genética de nuestros actos, por encima de cualquier cultura y religión, Ramón,todos tenemos bastante claro que acciones hacen daño al prójimo y en esto deberían estar basadas nuestras leyes de convivencia.

  3. Ramón
    Sep 7, 2010

    Ya en es siglo XVIII surgió la teoría naturalista de Rousseau de que “el hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Somos aquello de lo que venimos, genéticamente hablando desde el punto de vista evolutivo. Pero no nos engañemos, vivimos acorde con las circunstancias que nos ha tocado vivir. Ninguno de nosotros sería igual si hubiera nacido, por ejemplo, en un país fundamentalista islámico. O en un país de África, o de América. Tenemos la impronta de nuestros ancestros, sus costumbres, tradiciones, alimentación y modo de relacionarse.
    ¿Libre albedrío? Exclusivamente en la exigua parcela de nuestro más estrecho círculo.
    Lo que en la Europa actual está bien visto, o como poco, es políticamente incorrecto verlo de otro modo, en la de hace apenas 50 años era motivo de la ley de vagos y maleantes, de cárcel y vergüenza pública.
    Nuestra razón, nuestra escala de valores morales, no tiene nada que ver con la de nuestros vecinos del sur, separados apenas por una franja de 14 Km de mar.
    Pero nada es inmutable. Igual que la iglesia acabó dando la razón, (tarde, muy tarde) a Copérnico, lo que hoy vemos como normal podrá ser considerado en apenas unos pocos años como algo irracional. Los toros, por ejemplo.
    Y, amigo Luis, a mí me gustan estos temas, también.
    Ramón

  4. Cristina
    Sep 2, 2010

    Querido Luis,
    haber si no nos hacemos un lio,una parte del cerebro (el sitema limbico como tu bien dices) pero no solamente, regula las emociones y esta influido directamente por el incosciente, para gozo de politicos, publicitarios, curas…
    Pero las decisiones se toman al nivel de la corteza cerebral, osea de la razon. Y cada uno es responsable de sus decisiones.
    Puede que este profesor haya vivido demasiado tiempo en Alemania, donde parece ser que hay una tendencia “genetica” a pensar que los genes determinan el comportamiento y en consecuencia eliminar lo geneticamente inadecuado encuentra una justificacion.
    Por otro lado, esa masa viscosa que es el cerebro tiene mucha plasticidad, asi que el estudio, las esperiencias positivas intelectuales o emocionales, la belleza en todas sus formas… pueden modificar su configuracion y hacer que las personas evolucionen. Aunque a veces esta evolucion solo sea percibida de manera incosciente.

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