5-10-10 Hablemos de hemisferio y no del cerebral

El Sol permanece, la Tierra gira       Dada la escasísima participación provocada por mi último artículo sobre la existencia o no del libre albedrío está claro que a los seguidores de este Blog les van más los asuntos polémicos de carácter político, económico, social o religioso; temas que cuando fueron tratados despertaron interesantísimos debates y comentarios. Volveré a ellos, lo prometo, pero está demasiado contaminado el ambiente de la actualidad para hurgar ahora en esos pedregales. Por ello, hoy quiero compartir una experiencia, o per mejor decirlo un proceso de experiencias que viví hace varios años cuando viajaba con mucha frecuencia al otro lado del Atlántico y sobre todo al hemisferio Sur: Chile, Brasil, Argentina y Paraguay, especialmente.

            Oímos estos días, y se repite cada año, opiniones de psicólogos, médicos y educadores sobre la sensación que aparece en muchas personas al acortarse la duración de los días y disminuir la luz solar; es muy común escuchar a la gente decir que el final del verano les deprime, no sólo por tener que volver a afrontar estudios, trabajos y rutinas, ¡cuántos quisieran hoy poder afrontar un trabajo!, sino por la caída de las hojas, la llegada del frío, la mayor obscuridad en el ambiente, el cambio de color en el crepúsculo, más rojizo menos dorado, etc. Probablemente eso me ocurría también a mí cuando mi trabajo se limitaba a la ciudad en la que vivía, básicamente Madrid, en la que además el mes de noviembre es especialmente gris y neblinoso.

            Sin embargo cuando, por razones de trabajo, desde luego no de placer o turismo, cruzaba varias veces el océano descubrí lo localistas de nuestras percepciones. Cuando contemplamos al sol desaparecer tras una montaña, un edificio o el mar, nos parece que la tierra toda se llena de noche y nos cuesta imaginar que simplemente este pequeño garbanzo sobre el que vivimos, llamado también planeta, simplemente gira con una precisión no lograda ni por los relojeros suizos y en su girar va mostrando al sol una parte de su superficie y que, incluso dentro de nuestro país cuando en el gerundense Cabo de Creus ya es totalmente de noche, en las Rías Bajas aún reciben rayos solares. 

            Puede parecer una simpleza pero cuando se traslada uno con frecuencia del hemisferio norte al hemisferio sur dentro de una misma temporada, se cambia la concepción tan egocéntrica sobre las estaciones, la noche y el día. Es más fácil imaginar y ver con los ojos de la mente que mientras a nuestro alrededor empiezan a caer las hojas de los árboles alfombrando las calles y los parques con su tono pardo, en otros países y ciudades en los que las gentes hablan nuestro mismo idioma, de las ramas de los árboles empiezan a brotar nuevas hojas y perfumadas flores; que mientras los días acortan por aquí van siendo más luminosos y largos en lugares a los que podemos llegar en ocho horas de vuelo. Se hace todo más relativo, menos absoluto. Cuando ves una puesta de sol, igual de espectacular en casi todos los rincones del orbe, eres capaz de imaginar cómo para otros congéneres no es la puesta sino el orto, no se acaba el día sino que comienza.

            Es curioso este sentimiento de hemisferio. En febrero del año 1985, viví un violento terremoto en Santiago de Chile; en alguna de las fortísimas réplicas llegué a pensar que acabaríamos todos enterrados entre las piedras de los edificios del centro de esa bella capital austral. Me resulta casi inconfesable reconocerlo, pero sentí, por encima de cualquier otro miedo, quedar desaparecido para siempre en el hemisferio sur. Pensé que los humanos tendríamos sentimientos de sangre, de patria chica, de patria grande, incluso de continente, pero no de hemisferio. Por favor no me llaméis clasista o racista: hay mucho rico en el sur y mucho pobre en el norte, hay muchos blancos en el sur y muchas otras razas en el norte; lo sentí así y hoy, 25 años después, así lo cuento.

            Saltar de continente y sobre todo cambiar de hemisferio, de forma reiterada y no sólo en unas cortas vacaciones, da una visión de la casa común muy diferente. A quienes el otoño os pellizca un poco de melancolía os digo, animaos, en medio mundo es ahora pletórica primavera. A quienes las tardes que se acortan os hunden un poco en la tristeza, os aseguro que en más de medio planeta es de día y está bañado por el sol. Todo es relativo y ser consciente de ello ayuda a salir un poco de nuestro pequeño cascarón, de nuestra confortable burbuja.

4 Comentarios

  1. Adelaida
    Oct 19, 2010

    ¡¡¡¡MUCHAS FELICIDADES!!!!
    Felicidades por conseguir cumplir un año mas.
    Porque lo mismo haces “teching” que trabajas y nos haces trabajar para tu ONG.
    Porque nos “provocas” desde esta página y nos haces reflexionar.
    Por el cariño y el interés por nosotros que nos haces llegar cada día.
    Por ser una buenísima persona.
    MUCHAS FELICIDADES Y QUE CUMPLAS MUCHOS MAS….

  2. Adelaida
    Oct 10, 2010

    Querido Luis:
    Yo soy de las que mantiene una relación amor-odio con el invierno. Me encanta que llegue para ir “la isla”, encender la chimenea, oír el crepitar del fuego y escuchar el ruidillo del agua en las ventanas, mientras leo un buen libro o escucho música, sin mas. Lo que no puedo soportar es ese estado de llueve, pero llueve, nieva pero no nieva, ni a los automovilistas pasando por encima de los charcos y haciendo un abanico de agua con el que re ducharnos a los peatones, ni llegar hecha un asco a casa con las medias o los pantalones mojados de ese agüilla indefinible que queda en los charcos de las aceras de las ciudades.
    Hablando de hemisferios, salir de Madrid en agosto, a Santiago de Chile, con vestido de verano y abrigo de piel en la mano, porque cuando llegues te recibirá en Santiago el frío gélido de los Andes, tiene su aquel.
    En uno de esos viajes agosteños a Chile, comí piure, un marisco fortísimo, en el Mercado de Santiago. Al día siguiente, en Puerto Montt, un lugar bellísimo en la región chilena de Los lagos, cené filete de erizo, que poco tiene que ver con lo que conocemos por aquí, el caso es que de noche me deshidraté y creí morir. No era la muerte lo que me llenaba de angustia, era lo lejos que me encontraba de todo lo que era importante para mi: mi familia, mis amigos, mis cosas y ese sentimiento lo hubiera vivido igual sin cambiar de hemisferio, te lo aseguro.
    Un abrazo a todos los que participáis en el blog.

  3. Pepe
    Oct 5, 2010

    Querido Luís. Yo soy uno de esos a los que deprime profundamente que se vaya el calor, que los días se acorten, que haya que ponerse más ropa, que haya que taparse al dormir y cerrar puertas y ventanas…
    Ya sé que todo es un ciclo y que gracias a esta deprimente parte del año más gloriosa se hace la llegada de la primavera, de ese renacimiento de la vida, de ese aire cargado de perfumes…pero cada uno es como es…yo creo que habría sido feliz naciendo en el Trópico, pero adoro mi patria chica.
    De todas formas es cierto que viajar nos abre la mente, nos hace ver la insignificancia de nuestros problemas y nuestro egocentrismo algo paleto…Recuerdo cuando estuve viviendo unos meses en Yugoslavia y a las 4 de la tarde -hora de allí, claro- era de noche en invierno. Eso sí que era deprimente, salías a tomar un café después de comer tarde, como mandan los cánones hispanos y se marchaba el sol tras los Alpes Dináricos sin que tú te lo creyeras siquiera.
    Realmente hay que viajar para abrir la mente y los ojos…y si yo pudiera iría buscando la primavera de hemisferio en hemisferio, no te queda duda, pero tengo amigos que adoran el frío invierno y también me alegro ahora por ellos.
    Un abrazo.

  4. Ramón
    Oct 5, 2010

    Querido Luis:
    Creo que es el escrito más profundo de los publicados hasta ahora. Diríase que lo has escrito para ti, para infundirte ánimos. Todos pasamos por etapas melancólicas, y el otoño es propicio para ello. A mí, sin embargo, el otoño y la primavera son mis estaciones preferidas. El recuerdo de los colores ocres de los montes del norte, con una policromía jamás superada por pintor alguno, en vez de reportarme tristeza, me infunde vitalidad. Algo tendrá que ver que es en octubre cuando me voy de vacaciones, que haya acabado más que harto de tanto sol, playa y turistas berreando a altas horas de la madrugada. Vuelve la rutina, el tiempo desapacible tras los cristales invitando a la lectura sosegada de un buen libro y a degustar un buen puchero.
    De forma paralela, los que ya estamos en el otoño de nuestra existencia, estamos en una etapa maravillosa, hemos aprendido, seguimos aprendiendo, a relativizar las cosas y a vivir con más intensidad.
    Que el otoño te sea propicio, y que veamos juntos muchos otoños más.

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