Abrazados a la piedra

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Circula por las redes sociales un simpático proverbio que dice: es inevitable tropezar, lo malo es abrazarse a la piedra. Pues parece que es lo que estamos haciendo con la situación socioeconómica. Y, por una vez, no es un mal propiamente español sino universal o al menos de los países desarrollados. Cuando comenzábamos a aflojarnos tímidamente el cinturón, a sacar la cabeza del agua y tratar de respirar aire fresco, nuevos nubarrones de una tercera recesión dentro del mismo ciclo se ciernen sobre nuestras cabezas. La locomotora alemana renquea y no hay combustible que le haga tirar del tren; al otro lado del Atlántico tampoco son capaces de mantener el crecimiento esperado.
Trabajemos con el ejemplo más cercano, el nuestro. En España, hay en la actualidad 17,3 millones de personas ocupadas para un total de población de 46,5 millones. Es decir, cada persona en activo trabaja no sólo para sí misma sino casi para otras dos: pensionistas, niños, estudiantes, parados y personas que no pueden o no desean trabajar, mayoritariamente amas de casa. Ya es prácticamente igual la cifra de ocupados por un lado con la de pensionistas y parados por otro.
¿Cómo puede ser eso? Muy sencillo: en los países desarrollados se ha duplicado la esperanza de vida en poco más de un siglo. Antes, cuando alguien se jubilada duraba bastante poco. Ahora, por suerte, dura mucho, a veces muchísimo. Por el otro lado, la gente empieza a trabajar ahora notablemente más tarde; de hecho, algunos ni pueden empezar. Hay, además, otros dos factores cruciales: 1) estamos en la fase de maduración de la revolución tecnológica, mucho más crítica para el empleo que la industrial del siglo XIX; y 2) hemos deslocalizado la producción llevándola a países con mano de obra esclava a coste pírrico.
¿Cómo estamos compensado esa creciente e imparable desproporción entre activos y pasivos; cotizantes y receptores?: De entrada, sin imaginación alguna: con impuestos que sangran las propias rentas del trabajo. ¿Nos gusta que nos quiten en impuestos cerca de la mitad de lo que ganamos trabajando? No. Entonces, ¿por qué no proponemos y aceptamos un mejor reparto del empleo disponible? Si a mí me quitan el fruto de 18 de mis 40 horas de trabajo semanal, vía impuestos, ¿por qué no me liberan también del esfuerzo de hacerlo? ¿Por qué mi tiempo laboral ha de servir para pagar la frustrante inactividad de un parado? ¿No será más justo que nos repartamos la remuneración pero también la labor? Admito que no es fácil pero nunca llegaremos a la solución si no empezamos algún día. Toda vuelta al mundo comienza con un primer paso.
Hay que afrontar las consecuencias de las revoluciones con talento y decisión apartándonos de la mera repetición de hábitos. La tecnología y la globalización seguirán expulsando mano de obra a ritmo rápido e inexorable, y sin embargo, todavía muchas personas hacen horas extraordinarias. Hemos de estar dispuestos a renunciar a una parte del sueldo a cambio de disponer de más tiempo libre y de que nos quiten menos pellizco vía impuesto sobre el trabajo. Adecuación paulatina y compleja pero firme a la nueva realidad. Es la única salida con futuro al problema del desempleo: evolución imaginativa, revolución pacífica y consensuada. El mayor riesgo en épocas de cambios profundos es detenerse. Cuanto más se aleje el tren del nuevo tiempo más difícil será alcanzarlo.
Durante décadas temimos a la inflación, ahora nos asusta la deflación. Animamos otrora el ahorro de las familias mientras que ahora las empujamos raudos a consumir para que se produzca crecimiento y consecuente empleo. Nos aferramos a la demanda externa como la única salvación pero todos los países hacen lo mismo y ya se sabe lo que ocurre cuando un conjunto tira en direcciones opuestas. Seguimos aplicando recetas clásicas a un mundo nuevo y muy diferente del anterior. No podemos vestir al adolescente con la ropa que le valía cuando era niño por mucho que nos empeñemos en decir que el año pasado le quedaba estupenda: ha crecido, ha ensanchado, es otro. Ojalá los dirigentes del planeta sean capaces de encontrar soluciones nuevas y de persuadir a los diferentes agentes para que puedan aplicarse con armonía. Ya sabemos que los grandes problemas se solucionaban con grandes guerras pero no parece la mejor opción.

Publicado en la edición impresa del Diario SUR

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