Adolfo Suárez

La soledad de Adolfo Suárez

La soledad de Adolfo Suárez

Me sobrecoge caer en la cuenta de que prácticamente para todas las personas de menos de 40 años, ¡menos de 40 años!, el nombre de Adolfo Suárez sólo representa unas líneas en los libros de la historia reciente de España. Para 22 millones de españoles, poco menos de la mitad del censo, Adolfo Suárez no es más que una referencia informativa y un tema de conversación en familia o entre amigos en estos días de su muerte corporal.

Para la otra mitad, al menos para quien esto escribe, Adolfo Suárez fue toda una revelación. Acostumbrados a una gobernanza en blanco y negro, en ordeno y mando, en palo y tentetieso, en dedo índice extendido hacia arriba acompañando a voces carrasposas amenazando con que “todo el peso de la ley caerá sobre aquellos que alteren el orden establecido”, y lindezas por el estilo, aparece a comienzos del verano de 1976 un abulense joven, guapote, un poco chulesco pero simpático e irresistiblemente seductor, que ríe y sonríe, que habla con respeto, que dialoga, que puede prometer y promete, que en un semestre nos convoca a referéndum para aprobar una reforma política desde dentro, que en otros seis nos emplaza a las primeras elecciones libres de nuestra vida, que pacta, que consensúa, que en otros doce nos presenta a sufragio la Constitución democrática más moderna de Occidente.

Cuando aquel verano el Rey lo nombró presidente del Gobierno de entre la terna propuesta por el Consejo del Reino, me preguntaban personas cercanas qué me parecía: más de lo mismo, respondía, tiene bemoles nombrar para regir esta nueva etapa al último secretario general del Movimiento. ¡Qué error, qué inmenso error! Pero resultó una gran sorpresa… para bien. Juan Carlos de Borbón, Adolfo Suárez y Torcuato Fernández-Miranda, quizá con ayuda de Tarancón, Abril Martorell, Areilza y alguno más, tumbaron 40 años de milicia atada y bien atada y alumbraron un país que como dijo otro mordaz protagonista de la época, Alfonso Guerra, no lo conocía ni la madre que lo parió.

Creo que al igual que cada uno construye su realidad, cada persona tiene mucho que ver en sus propias enfermedades. El cerebro primario no soporta el exceso de sufrimiento y es capaz de fabricarse un alzhéimer, un infarto o un cáncer para renunciar a otros dolores menos físicos. Adolfo Suárez sufrió demasiado desgarro en su propia familia y en su propio país; le tildaron de traidor, le negaron el pan y la sal, le dieron la espalda en su reaparición política, le machacaron quienes todo le debían. No me extraña que decidiera escapar del mundo circundante y pasar su última docena de años dentro de sí mismo, con sus ensueños, sus fantasmas y ¡vaya a usted a saber con qué más! A Mariano José de Larra ya le dolía España a comienzos del siglo XIX. ¡Qué poquito hemos cambiado dos siglos después! Adolfo Suárez González, gracias y descanse en paz.

Reflexión que se emite hoy, 26-3-14, por Onda Cero Marbella

 

3 Comentarios

  1. Javier
    Mar 27, 2014

    Suárez: “La clase politica le estamos dando un espectáculo terrible al pueblo español”

    En 1980, el expresidente concedió una entrevista tan sincera que sus consejeros decidieron vetarla. Treinta y tres años después, la conversación mantiene plena actualidad

    Para los que les interese incluyo el enlace: http://www.abc.es/espana/20140323/abci-adolfo-suarez-entrevista-201403211204.html

  2. Adelaida
    Mar 26, 2014

    En sus momentos políticos mas bajos, los españoles le dábamos a Adolfo Suarez, un 4,9 y dimitió porque no tenia el favor de los suyos ( UCD) ni de los españoles.
    En el último barómetro del CIS, el actual Presidente del Gobierno y el jefe de la oposición no llegan al 4. Rosa Díez, el líder mejor valorado, obtiene un 4,3 ¿Deberían dimitir?

  3. Javier
    Mar 26, 2014

    Que bonita reflexión.
    Permíteme publicar en tu blog una opinión personal.
    Fue el único presidente que antepuso el interés de España al suyo propio, al de su partido y al de sus “amigos”
    Sólo puedo añadir… ¡ y en los años de poder no nos robó ! Algo que no se puede decir de sus sucesores.
    Descanse en paz.

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