Capítulo 4. Cancelando en Nochevieja

ACLARACIONES COMUNES PARA TODOS LOS CAPÍTULOS:

El título completo de esta serie es: “La nueva banquia española: todo un mundo de dificultades* al servicio del cliente”. (* El término dificultades es compatible e intercambiable por: tomaduras de pelo, burlas descaradas, putaditas o cabronadas)

Los hechos de fondo de cada capítulo son absolutamente reales. Los nombres de personas que aparecen en la serie son ficticios, como también pueden serlo los lugares en los que sitúo la acción y otros atributos personales como sexo o cargo. Normalmente nominaré a la entidad financiera protagonista de cada capítulo con dos letras mayúsculas que podrán, o no, sugerir su nombre real.

Un banco: viejo y desvencijado en pleno centro de Marbella Desde que Pablo asumió cierta responsabilidad en su Entidad, vio que, con unos presupuestos ciertamente escuálidos, la partida de servicios bancarios no era nada despreciable. Servicios bancarios que no son realmente tales, sino todo lo contrario: dificultades, problemas, exigencias y pejigueras. Pero por todas estas vainas y dolores de cabeza cargan periódica y automáticamente en las cuentas partidas de cuantía variable con definiciones tales como gastos de administración o comisión de mantenimiento. Pablo nunca supo qué administraban ni qué mantenían, salvo la infinita paciencia que hay que mantener para soportarlos.

En virtud de ello, y de los cuantiosos gastos que cargan, además, por facilitar a los auditores una información que siempre llega tarde y por lo tanto no sirva para anda, Pablo decidió desde un principio dejar una sola cuenta bancaria y para ello buscó una entidad que no cobrara por el mero hecho de ser su cliente y tener en ella el propio dinero sin remuneración alguna. Las restantes cuentas se cancelarían sin más. ¡Sin más! ¡Angelito! ¡Iluso! Cancelar una cuenta en una entidad bancaria es algo parecido a darse de baja en una compañía telefónica. El proceso de cancelación comenzó a comienzos de septiembre y el objetivo era tenerlo concluido antes de final de año. No estaba mal el plazo pero Pablo ya intuía que no sería fácil.

Cada una de las marcas con infinititos colores y carteles de cacerolas y sartenes con los que las entidades bancarias empapelan sus ventanales tuvo su historia, todas jugosas y exasperantes, pero para muestra, un botón: BS.

Lo primero que hizo Pablo fue adoptar en el órgano directivo de su Entidad un acuerdo unánime para que le autorizaran a llevar a cabo el proceso de cancelación y emitir certificados con dicho acuerdo.

Lo segundo, asegurarse de las firmas en vigor en cada una de las entidades para reforzar el propio certificado del órgano directivo con una carta “firmada por todos los firmantes” solicitando la cancelación de la cuenta.

Lo tercero, pedir a su presidente un par de mañanas libres para dedicarlas íntegramente a peregrinar por los bancos pues quizá sin la presencia personal y demostrable de ambos todo lo anterior no sirviera para nada.

Lo cuarto… ¡rezar! Pablo no era un hombre de fe pero sabía que rezar, por un automatismo psicológico generado desde la infancia, otorga una gran fuerza interior y predispone a la paciencia y la resignación.

Una caja: vacía y abandonada en plena calle A comienzos de diciembre, Pablo recogió a su presidente a primera hora de la mañana para pasearse la ciudad de banco en banco. En BS, fueron atendidos por un apuesto y joven apoderado que auguraba un servicio exquisito y una preocupación sobrehumana por el coste que la cuenta provocaba en la Entidad: “Miren, cancelar la cuenta les va a costar 120 euros (¿?) y no me parece justo; voy a ocuparme personalmente de ello para evitar este coste a una Entidad de carácter social como la suya, pero me tienen que dejar un par de días para la cancelación efectiva”. ¡Qué infinita bondad! ¡Qué bofetada de buen rollito estar ante el rostro humano del sector bancario! El móvil del presidente sonó varias veces aquella mañana con llamadas del apoderado, Javier, informando del proceso, innecesariamente pues lo importante era el fin y no el camino.

Pasaron días, pasaron semanas. Pablo miraba cada mañana por Internet si la cuenta había sido cancelada y la transferencia a la única cuenta de la Entidad que permanecería abierta se había realizado. ¡Nada!

Llegó la víspera de Nochebuena y Pablo, con varias moscas en la nariz, llamó a Javier. Tras varios intentos (no está, ha salido a desayunar, no lo veo por aquí, está reunido con la subdirectora, etc.) consiguió hablar con él: – “Sí, sí, no se preocupe, estamos en ello es que no quiero que tengan que afrontar gastos por cancelar la cuenta… o, al menos, NO TODO LO QUE LES CORRESPONDE”. Extraño matiz que aparecía por primera vez. Pablo advirtió con solemnidad: – “Javier, es muy loable lo que estás haciendo por nosotros pero es fundamental, fundamental, importantísimo, que la cuenta esté cancelada antes de final de año y su saldo en la entidad de destino para que cuadren los saldos a esa fecha”. – “Sí, sí, lo tengo claro.”

Pasó Nochebuena y pasó Navidad. El día de los Inocentes, Pablo, tras comprobar por Internet que todo seguía igual, y tras haberse comido de un bocado las diez uñas de los diez dedos de sus dos manos, llamó. Hay personas que deben de pasarse la mañana desayunando, pero por fin pudo hablar con Javier. – “Mira Javier quedan tres días hábiles y la cuenta sigue ahí; tú sabes que es de máxima prioridad para nosotros que esté cancelada antes de fin de año, y el saldo en su destino”. – “Sí, no te preocupes, Pablo, la transferencia se puede realizar por medio del Banco de España y llega en el mismo día”.

El día 29, todo seguía igual, el día 30 a las 9 de la mañana, todo seguía igual y el 31 era sábado y por tanto inhábil. ¿Todo seguía igual? Al no disponer ya de uñas, Pablo había comenzado a comerse parte de sus falanges sin darse cuenta; su saliva debía de tener algún coagulante porque ni siquiera sangraba tras los mordiscos.

Con la mano temblorosa alzó el auricular del teléfono; tuvo que sujetarlo con ambas manos para poder acercarlo al oído. Pidió a todos los santos que Javier no estuviera en su desayuno permanente y se obró el milagro. Milagro tan grande que fue el propio apoderado quien descolgó el teléfono: “Buenos días Javier, feliz año nuevo, soy Pablo, estamos a 30, mañana es sábado y pasado mañana estaremos en 2012…” – “Lo sé, lo sé, Pablo, hoy queda todo resuelto, la cuenta cancelada y el dinero llegará a vuestro otro banco porque haremos la transferencia a través del Banco de España”.

Pablo pasó el resto de la mañana del 30 de diciembre con la nariz pegada a su pantalla de ordenador conectado a la página del banco. A las 12 del mediodía en todos los relojes de la península ocurrió lo inesperado. En la cuenta de la Entidad de Pablo, que habían ordenado cancelar a primeros de diciembre en persona y con todos los papeles requeridos, incluso con los no requeridos, el banco cargó: una comisión de 90 euros, efectivamente menos de los 120 anunciados… una transferencia al banco de destino por el saldo residual… ¡y un gasto por transferencia a través del Banco de España de 56 euros! ¡Sssssstupendo! Tras haber esperado 25 días, acabado con las diez uñas y la parte extrema de los dedos de la mano, perdido un tiempo preciosísimo, provocado una úlcera de estómago, una colección de aftas bucales y una hartá de improperios de las personas del entorno por su actitud histérica en plena Navidad, Pablo comprobó que el sobrecoste de todo ello había sido de 16 euros sobre el que se quiso evitar.

¿Es BS una entidad bancaria pequeña, insignificante o puramente local? Sencillamente, NO. Es enorme.

Próximo capítulo: La cuenta misteriosa.

6 Comentarios

  1. Antonio Francisco
    Mar 13, 2012

    No puedo estar mas de acuerdo con Ramón, no me quiero explallar hablando de los bancos porque la solucion es pegar cuatro tiros a los banqueros que por supuestos son los mayores culpables de esta asquerosa crisis junto con los politicos pateticos mundiales y en especial en nuestra querida españa.

  2. Adelaida
    Mar 13, 2012

    Lo del dinero en el calcetín, que es lo que nos pide el cuerpo,está complicado y además sería un cáos pagar en persona los montones de recibos que tenemos domiciliados, en las oficinas de las Iberdrolas, canales de la reina y vodafones varios, ya no os digo cobrar a los clientes.
    Tampoco es solución dejar la cuenta en descubierto, te meten en el RAI y te han hundido la vida, porque de ahí si que resulta difícil salir.
    Saben que les necesitamos y nos ningunean todo lo que pueden y mas.
    Con todo, el relato ha sido muy divertido, salvo para Pablo.
    Gracias Luis.

  3. Ramon
    Mar 13, 2012

    Se nota, querido Luis, que llevas tiempo sin estar en el hostil mundo empresarial. Lo que se hace con estas entidades es dejar la cuenta a cero patatero, o cero con diez céntimos y entonces, y sólo entonces, cancelar la cuenta. ¿Que quieren cobrar comisión por cancelación? Ahí les quedan los diez céntimos. Ya lo dice la sabiduría popular: Quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón.

  4. Pepe
    Mar 12, 2012

    Aunque dé impotencia y angustia la epopeya sufrida, da gusto leer con qué ironía la narras…a mí me pone de una mala leche terrible cuando veo esas comisiones de administración y mantenimiento que no te puedes imaginar…pero por obra y gracia de una hipoteca tengo que mantener una cuenta en una de esas grandes entidades que te roban a manos llenas…para lo demás he optado por la banca sin comisiones, como ING y Openbank…y de momento estoy contento…hasta me ingresan algo por recibos y uso de tarjetas…es una miseria, pero da un gusto casi pecaminoso ver que tu banco te ingresa en lugar de “robarte”.
    Un abrazo.

  5. Javier
    Mar 12, 2012

    ¡Ah esa antigua costumbre de cancelar una cuenta!

    A mi me costo 10 años de descubierto que nunca pagué conseguir que me cancelaran una cuenta de una sociedad que dejó de existir.

    ¿ Y que podemos hacemos para solucionarlo ? Nada.

    ¡Lamentable!

  6. Jose
    Mar 12, 2012

    ¡De los nervios! Hasta los mismísimos…así nos tienen, así nos tratan. Son entidades pérfidas, malévolas e indecentes. Han de incrementar sus enormes beneficios como sea, pero nunca lo hacen de modo eficaz y positivo para el cliente. Y lo seguirán haciendo mientras no hagamos las reclamaciones oportunas en modo y forma. De pena.

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