Confesión de confusión

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Decía Bertrand Rusell, que vivió casi 100 años por lo que tuvo tiempo sobrado para observar la realidad, que el gran problema del mundo es que los tontos y los fanáticos siempre están muy seguros de sí mismos y los sabios están llenos de dudas. No osaré tenerme por sabio pero a medida que me caen años se me van evaporando las pocas certezas que algún día tuve y me invaden como plantas invasoras incertidumbres y cavilaciones. Así en lo pequeño y cercano como en lo que se escapa a la posible comprobación personal. Y si de un fenómeno aparentemente simple y visible colijo que no siempre lo que parece resulta ser lo cierto, me invade un gran desasosiego cuando debo tomar postura sobre asuntos de envergadura gigantesca.
Por poner un ejemplo reciente y de gran repercusión social me referiré a la foto espeluznante del pequeño Aylan muerto, en el rebalaje de una playa, ligeramente ladeado boca abajo y perpendicular a las olas. He leído por ahí que el niño quedo arrastrado por la marea junto a unas rocas y, como es normal, boca arriba y paralelo a la mar. Parece que los propios policías turcos que lo rescataron lo trasladaron de lugar y le colocaron en una postura mas impactante para que una reportera consiguiera la imagen que conmovió conciencias y aceleró decisiones geopolíticas. Es decir, nos vendieron una imagen cocinada, como las encuestas.
El drama de quienes huyen de sus raíces, arriesgándolo todo, en busca de una soñada vida mejor, sea por persecución política, ideológica o por salir de la miseria, es de por sí de un dramatismo que no necesita imágenes trucadas a modo de bodegón pictórico. Pero claro, nos mueve a la compasión aquello que pellizca nuestro núcleo emocional, por pequeño que sea, o mejor aún, cuanto más pequeño más, en mayor medida que cualquier información que nos hable de cientos o miles de personas anónimas, sin rostro ni nombre, muertas en el intento de huida o víctimas de incontables calamidades naturales y abusos obscenos.
De pronto los gobiernos se pusieron a convocar reuniones y los vecinos de ciudades y pueblos a ofrecer sus casas para los refugiados. Los primeros ya se lo van tomando con calma chicha y los segundos, una vez aquietadas sus conciencias, caerán en la cuenta de que no se trata de dar cama y puchero, que la cosa es de mucho más calado y a largo plazo, que quienes llegan buscan hacerse un hueco permanente entre nosotros, con todos sus derechos y obligaciones, con sus proyectos de vida, su cultura, sus ideas e ideales, sus costumbres, en fin, sus vidas. Aylan, angelito mío, no es el problema. El problema somos todos pero no solo los europeos, los blancos, o los occidentales. Tampoco creo que debamos flagelarnos en exceso. Aquí, sobre nuestro asfalto de quinta generación, hay más de un Aylan pero solemos volver la cabeza; son de carne y hueso, no saturan telediarios, portadas ni redes sociales; además, llevan ropa sucia y no suelen oler bien. Sí, lo confieso, estoy bastante confundido.

Artículo que se emite hoy por Onda Cero Marbella (97.4 FM)

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2 Comentarios

  1. jotta rivera liébana
    Sep 16, 2015

    “Si no queréis que haya refugiados, dejad de alimentar la guerra; si no queréis que haya guerras, no rompáis los países; si no quereis que la gente se dispare, dejad de vender armas; si no queréis que haya violencia, dejad de fomentar las desigualdades”

    Juan Carlos Monedero

  2. Aselita Estebanez
    Sep 16, 2015

    Querido Luis te felicito por tu valentía al escribir este articulo en el que estoy plenamente de acuerdo contigo en las dos cosas.
    En que cuanto mas hemos madurado, pasando años por nosotros, o las experiencias adquiridas, mas seguros estamos de nuestras dudas.
    La otra cosa es que somos muy fáciles de manipular en todas las edades, niños, jóvenes y adultos.
    Ante las desgracias ajenas todos nos volcamos para ayudar, pero debemos, a mi parecer, arreglar primero lo de nuestro alrededor.

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