De cuando mi padre habló con don Emilio Botín

viasdesoria

Reproducción textual del epígrafe con ese mismo título incluido en mi libro “Vías de Soria – Un viaje en el tren de la nostalgia” publicado en noviembre de 2008, que hoy ha recobrado actualidad.

Una de las anécdotas de mi adolescencia más curiosas y menos conocidas incluso por mi círculo familiar y de amistades es la que ahora me dispongo a narrar. Terminado lo que entonces se llamaba Bachillerato Elemental, a punto de cumplir 15 años, no tenía yo muy claro qué hacer con mi futuro profesional; en Santander no había universidad y yo tampoco era un apasionado de los estudios. Así que, animado por circunstancias que no vienen a cuento, decidí preparar oposiciones para administrativo en el Banco de Santander. En los años 60 la entidad nutría la mayoría de sus sucursales por toda España con gente de la “Tierruca”. Cada año se convocaban oposiciones y se ofertaban treinta o cuarenta plazas, muy solicitadas: trabajo seguro, bien remunerado por entonces, de cuello blanco… en fin un sueño para la incipiente clase media.
En los primeros días de 1964, poco más de un año después de comenzar la preparación se celebraron oposiciones y quedé entre los tres primeros de la convocatoria. Se ofrecían 30 plazas y acudimos a las pruebas cerca de 500 aspirantes. Apenas pude desfrutar del resultado pues esa misma semana los tres primeros fuimos llamados a la oficina de personal del banco y traslados de inmediato a Barcelona, plaza en la que el Santander estaba creciendo deprisa y donde hacía falta personal capacitado. Con la mentalidad de hoy, nada está lejos, los viajes se hacen en poco más de una hora, en líneas aéreas de bajo coste, en trenes de alta o media velocidad o en cómodos y modernos automóviles por autopistas o buenas carreteras. Pero en aquellos duros años, hace más de medio siglo, Barcelona, vista desde la perspectiva de una pequeña, casta y conservadora capital de provincia del norte, era la meca de la perdición de la moral tradicional, la ciudad más cosmopolita de España, cuyo viaje desde Santander requería casi un día completo: un tramo en entrañable tren de vía estrecha hasta Bilbao, cambiar allí de estación, esperar unas horas y tomar a última hora de la tarde un expreso que arribaba a la Ciudad Condal bien entrada la mañana siguiente. Santander no contaba con aeropuerto ni los viajes en avión eran habituales por entonces. Ni qué decir tiene que en mi familia nadie disponía aún de vehículo particular y mucho menos yo que no había ganado aún la primera peseta y me quedaba lejos todavía la mayoría de edad.

A esta soberbia estación de Francia junto al Paseo Colón barcelonés llegué por 1ª vez el 10 de marzo de 1965

A esta soberbia estación de Francia junto al Paseo Colón barcelonés llegué por 1ª vez el 10 de marzo de 1964, con 16 años

Barcelona no era una ciudad fácil para un adolescente provinciano, sin desbravar, con un trabajo que absorbía la semana completa porque “había que hacer méritos”, viviendo en pensiones y residencias que vistas en la distancia resultan muy entrañables pero vividas en su momento no eran nada confortables y sobre todo habiendo dejado a mil kilómetros y muchas horas de viaje todos los afectos, los familiares, los de la primera novia y los de todos los amigos. De los dos períodos de vacaciones que disfruté en aquél período recuerdo la inmensa ilusión y alegría de la llegada a la propia tierra y el desgarro de los regresos a la dura realidad. Familia, conocidos, amigos, yo mismo, hicimos cuanto estaba de nuestra mano para procurar anticipar un traslado a una plaza más cercana al núcleo de los afectos pero ninguna luz se divisaba en el horizonte.
Mi padre, a la sazón interventor en ruta en la Renfe, hacía en cada turno de unos 12 días (lo que ellos llamaban “el cuadro”) dos viajes de Santander a Madrid y regreso: uno en el plateado TAF diurno y otro en el ilustre “correo-expreso” nocturno, tren este último favorito para sus frecuentes desplazamientos a Madrid por don Emilio Botín, presidente del Banco de Santander, ya fallecido y padre del actual presidente del Grupo Santander, nieto del fundador del banco y la persona más venerada no sólo en Santander sino en todos los sectores empresariales y económicos del país. Como consecuencia de ello, mi padre sabía, cuando el conductor del coche-camas le pasaba la lista de pasajeros y los billetes para su control en qué ocasiones el señor Botín viajaba en el tren, por cierto siempre en la cabina central del coche-camas para padecer en menor medida el traqueteo de las ruedas, pero los interventores no tenían contacto con los viajeros de los coches-cama pues todo el trámite lo despachaban con el empleado responsable que entre otros curiosos cometidos tenía el de azuzar la calefacción de carbón en invierno que era independiente de la del resto del tren.

En este bello edificio del Paseo de Gracia 32, esquina a Diputación, me hospedé varios meses: hostal de la señora Rosetti

En este bello edificio del Paseo de Gracia 32, esquina a Diputación, me hospedé varios meses: hostal de la señora Rossetti

Desesperanzado por los continuos fracasos de los intentos realizados para mi acercamiento al seno familiar, y con todo el valor que sólo un amante padre le puede echar, aprovechó uno de los viajes de don Emilio Botín para esperarle a la puerta de su cabina antes de entrar el tren en Madrid y cuando apareció en el pasillo le abordó, imagino que temblándole las piernas y la voz, y le dijo: “Don Emilio, perdone mi atrevimiento, tengo a mi hijo menor en la sucursal principal de su banco en Barcelona, lleva casi dos años, tanto a él como a la familia nos está resultando muy dura esta separación y cada intento que hemos hecho por conseguir su traslado ha resultado inútil. ¿Podría usted interceder para que le facilitaran un acercamiento a Santander?” Cuando mi padre debía de esperar un apercibimiento o un “déjeme usted en paz, cómo se atreve a molestarme”, quedó perplejo al escuchar al señor Botín pedirle, junto a su tarjeta para poder responderle, unos días de espera puesto que iba a estar en Madrid el resto de la semana y todos los asuntos de personal se llevaban en Santander.

En esta sucursal principal del Banco Santander en Barcelona trabajé desde el 11-3-1964 al 17-12-65

En esta sucursal principal del Banco Santander, en Paseo de Gracia 5, de Barcelona, trabajé desde el 11-3-1964 hasta el 17-12-1965

Mi padre no comentó nada con nadie y menos conmigo; quería evitar el despertar de una nueva expectativa que como todas las anteriores resultara frustrada. Una semana después el cartero dejó en la casa de mis padres un sobre muy especial: en el remite sólo figuraba con una elegante letra de imprenta un escueto “El Presidente del Consejo de Administración del Banco de Santander”. Lo abrió nervioso, junto a mi madre, y se encontraron con una carta concisa pero amable y con la mejor noticia: don Emilio Botín le comunicaba que había constatado la veracidad de la información facilitada en el tren, que resultaba imposible un traslado a Santander por cuanto había muchas solicitudes de empleados con mayor antigüedad que la mía pero que sí sería posible acercarme a una de las agencias urbanas de Madrid en donde también el banco estaba creciendo con rapidez y era preciso reforzar allí la dotación de personal.

En este edificio modernista barcelonés estaba la Pensión Don Ludo en la que me hospedé durante más de un año: calle Diputación 300 esquina a Bruch

En este edificio modernista barcelonés estaba la Pensión Don Ludo en la que me hospedé durante más de un año: calle Diputación 300 esquina a Bruch

Esa misma semana yo había estado de baja por primera vez en veinte meses por una gripe bastante agresiva. La mañana en que me reincorporé me llamó nada más llegar el jefe del departamento y me dijo lacónicamente: “López prepara las maletas y baja a Intervención”. No le di importancia alguna a la indirecta del mensaje porque yo seguía en Babia y fui a presentarme al Interventor de la sucursal principal que es quien llevaba los asuntos de personal. Me cayó una gran amonestación: “De modo que como no está usted a gusto con nosotros se quiere ir a Madrid y no ha podido pedir la intercesión de alguien de más altura en el organigrama. Pues nada, nada, recoja los billetes y mañana por la noche se va usted”. Llegué a pensar que la gripe me había hecho subir la fiebre y empezaba a delirar. Subí de nuevo con las piernas temblorosas a mi departamento y el jefe de la sección a la que yo pertenecía, el señor Ausín, de quien guardo un gran recuerdo y que me enseñó una actitud de responsabilidad, seriedad y orden en el trabajo que me ha servido después durante toda la vida, me explicó su parte de la historia comprobando irónico que realmente yo era ajeno a su conocimiento. Una llamada a mi casa, a la hora de comer, me completó la situación.
Por completar la anécdota debo añadir que el viaje nocturno de Barcelona a Madrid lo pasé con un persistente nudo en la garganta que me dificultaba la respiración: en el andén de la barcelonesa estación de Francia mientras el expreso iniciaba su marcha a Madrid, y no a Bilbao como cuando me había ido de vacaciones, fui consciente de que en Barcelona dejaba más afectos y apegos de los que yo había sido consciente: mi inolvidable tía Maruja, mis primos, algunos compañeros muy queridos del banco y una hermosa ciudad abierta y dinámica que me había facilitado el paso de adolescente a adulto, incluso que me había enseñado el poco o mucho catalán que hoy, 43 años después, aún recuerdo, porque, en contra de lo que ahora se suele decir, en los años sesenta se hablaba libremente catalán en las casas, en las empresas, en las tiendas y en la calle.

Como me era imposible conciliar el sueño aquella noche repasaba una y mil veces las agencias urbanas del banco en Madrid; entonces eran 24 más la sucursal principal en la calle de Alcalá. Sólo una me inquietaba: la agencia urbana número 13, en la avenida de la Albufera número 21, del Puente de Vallecas. ¡La número 13 y en Vallecas! Ese barrio al sur de Madrid tenía entonces una injusta mala fama. Bah, me dije, con 24 oficinas más varios departamentos en la principal sería demasiada mala suerte. La misma mañana de la llegada a Madrid fui a presentarme al departamento de personal y tras los trámites burocráticos pertinentes me dijo el responsable: “Muy bien, señor López, mañana a las 8 de la mañana se presenta usted a don Enrique Sánchez, Interventor de la agencia 13, en la avenida de la Albufera”. Todo no podía salir bien, pensé. Pero en los años siguientes recibí otra gran lección: en ese mal afamado barrio de la capital había una gente extraordinaria, sensible, llana y afectuosa. A los clientes los conocíamos por su nombre y ellos a los empleados igual. Y se me rompía el corazón cada mes de diciembre, cuando aquellas ancianitas a las que debía ayudar a estampar el dedo en el cheque de su mísera pensión porque no sabían ni firmar, aparecían con una tableta de turrón o una bolsa de mazapán para nosotros, los empleados del banco, que nos entregaban con una limpia e inolvidable sonrisa de felicitación navideña. Unos años después pasé de Vallecas a la zona más señorial de la Castellana donde un importante cliente del banco, empresario y educador, me sugirió cambiar mi futuro profesional y yo acepté, por supuesto, tras pedir el consejo paterno.

Durante los viajes realizados para escribir el libro emparejé sentimentalmente con esta bellísima Mikado expuesta en Arcos de Jalón

Durante los viajes realizados para escribir el libro emparejé sentimentalmente con esta bellísima Mikado expuesta en Arcos de Jalón

1 Comentario

  1. Jose
    Sep 10, 2014

    Bonita y bien resumida anécdota personal y profesional además de buena memoria para los detalles.

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