Días para huir

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Corren malos tiempos para la lírica como nos cantaba mediados los ochenta aquel legendario grupo sagazmente denominado Golpes Bajos. Estos de ahora sí que son tiempos extraños para la lírica y para la épica, incluso para la lógica. Este 2016 bisiesto parece querer dar la razón a los supersticiosos que no se fían de los años cuyo febrero trae propina. Incluso quienes intentamos buscar siempre el lado bueno de los acontecimientos, el rayuco de luz en las tinieblas, andamos un tanto azorados. Abre uno las ventanas de la pantalla del ordenador para ver si entra aire fresco y alguna noticia alentadora y enseguida  es preciso cerrarlas raudo con el seguro y las contraventanas para no quedar invadido por el huracán hambriento de ingenuos y confiados.

Trata uno de abstraerse por todos los medios de la pandémica campaña electoral que todo lo arrasa y lo convierte en mentira repetida hasta la nausea y no encuentra sustituto apacible: ya ni siquiera el deporte que en tiempos fue tildado del opio del pueblo nos deja sestear plácidamente. En un país que exportó la revolución, la grandeur y el mayo del 68, que hace de su himno un canto de defensa contra la barbarie, que siente el orgullo de condensar su patria en tres palabras: libertad, igualdad y fraternidad, se ve incapaz de reprimir el terrorismo criminal de los que dicen actuar en nombre de un dios que les requiere sangre o la barbarie de bandas fanatizadas en busca de portadores de camisetas de diferente color deportivo para emprenderla a palos y navajas con ellos.

En otro lugar hacia el que miramos como meca del desarrollo científico, tecnológico y económico, un psicótico, fichado en más de una ocasión por su temible policía, vacía una y otra vez con absoluta impunidad el cargador de su odio contra la vida de personas inocentes que solo festejaban un encuentro entre amigos de origen y de condición sexual. ¡Resulta tan fácil matar! Cuando creíamos estar alcanzando ciertas cotas de civismo, o por mejor decir, de civilización, resulta que no, que cada poco volvemos a la caverna pero ahora armados hasta los dientes para hacer del salvajismo aterradoras masacres.

Por otra ventana de nuestras pantallas a las que asomarnos se cuelan las basuras de plásticos y deshechos que pudren los mares, contaminan el aire y envenenan la tierra. Nos repugnan las natas o las medusas que flotan en el litoral de nuestras playas y no imaginamos que eso no es más que un pequeño resfriado comparado con las neumonías mortales que infestan e infectan los grandes océanos alejados de las costas. Y entretanto, por primera vez desde la construcción europea, uno de sus miembros clave quiere dejar la casa común porque la encuentra poco habitable.

Corren malos tiempos para la lírica… o quizá no, ¡quién sabe!, puede que solo sea el efecto de este calor inesperado y pegajoso con que se despide la primavera. A veces, cuando fuera arrecia el temporal lo mejor es mantener puertas y ventanas bien cerradas, ponerse ropa cómoda, tener a mano una hogaza y una pata de jamón, un vaso de vino tinto, buscar un viejo libro en algún rincón de la casa y deleitarse en sus páginas amarillentas esperando que amaine el temporal. Sin relojes, sin móviles, sin guasaps, feisbus o tuíteres. Eso o escaparse a Tarifa a dejar que el levante y el poniente perfumados de brisa atlántica le espabilen a uno para poder sobrellevar la segunda mitad del bisiesto. Esto es lo que yo pienso hacer en cuanto termine el rastrillo del domingo.

Artículo emitido hoy por Onda Cero Marbella.

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