Dos pasiegos en la Costa Oeste (Elisa y Nacho)

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A petición popular os dedicamos estas líneas con la experiencia vivida en nuestro viaje de 15 días recorriendo una pequeña parte de la costa oeste de EEUU.

Primera parada: Los Ángeles. Tras 12 horas de avión, nos encontramos una ciudad enorme, con una escasa oferta turística para nuestros gustos: el tan nombrado Paseo de la Fama, cuyo atractivo se concentra alrededor de varios teatros y estudios de grabación; el famoso Sunset Bulevard, zona de tiendas de lujo agrupadas al final de una calle infinita (como todas las de Los Angeles), y una zona comercial llamada The Grove con ambiente fiestero.

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Lo mejor sin duda fue Santa Mónica, típica playa infinita con casetas elevadas para los socorristas y pantalanes enormes de madera llenos de comercios y atracciones de todo tipo. A cada paso parecía posible toparte con Mitch Buchannon y Pamela Anderson salvavidas en mano. También hay que decir que nos ganamos una buena multa de aparcamiento, por aquello de estrenar el coche de alquiler.

De Los Angeles nos llamó la atención la gran diferencia de clases: indigentes y coches deportivos comparten la calle mires donde mires. Esperábamos más de esta ciudad y la abandonamos con la esperanza de que el viaje mejorara en días sucesivos.

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Un día y 800 km después llegó el Gran Cañón del Colorado; nos dejó sin palabras durante largo rato. ¿Impresionante? No, impactante, ese es el adjetivo, IMPACTANTE. ¡Qué pequeño se siente uno ante tanta inmensidad! En cada mirador de la ruta el Gran Cañón llega hasta donde abarca la vista, todo es el Gran Cañón. Un sinfín de tonos rojizos y anaranjados, que varían según la posición del sol, hacen que el laberinto de fisuras esculpidas en la roca y las extrañas combinaciones de mesetas y torres sean diferente a cada hora.

¡Objetivo cumplido! Viniese lo que viniese después, el viaje había merecido la pena.

Eso sí, también fue en el Gran Cañón donde vimos la muerte de cerca… o casi. Condujimos por una carretera que bajaba hasta la orilla del rio Colorado, a través de un paisaje lunar, donde la temperatura subía a cada metro que avanzábamos. La posibilidad de que el coche se recalentara y se parara nos mantenía con los nervios de punta, ¡ni fotos hicimos! No quedó ahí nuestro desafío a la suerte; para rematar, el último día, decidimos dar un paseo en avioneta, por aquello de cambiar el punto de vista: 40 minutos de turbulencias agarrados al asiento y un mareo descomunal nos hizo tomar una decisión: ¡no más avionetas!, helicópteros a lo mejor pero avionetas, para nada.

Rumbo a Las Vegas atravesamos una parte de la conocida ROUTE 66. Nada más comenzarla te encuentras con el pueblo de Seligman, con sus bares y tiendas de llamativa decoración al estilo ‘comic’, un alto en el camino que merece la pena. Desde allí FIN. Sí, sí, fin, a Seligman le sigue la nada, una carretera de doble sentido poco transitada con someros atisbos de vida inteligente, 140 km de puro aburrimiento.

Y a Las Vegas hay que llegar… de noche. Nacho conducía y Elisa manejaba el navegador tratando de no confundir la izquierda con la derecha (un don que la hace copiloto ideal), y de pronto, ¡zas! Un mar de infinitas luces nos daba la bienvenida y nos dejaba ojipláticos.

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Todo lo que se puede imaginar uno de Las Vegas se queda corto, carteles luminosos gigantes, hoteles descomunales ambientados en ciudades de todo el mundo, fuentes que se mueven al ritmo de la música y consiguen emocionarte, bares en las plantas más altas de los hoteles para tomarte un cóctel con la ciudad iluminada a tus pies, verdaderos artistas callejeros que consiguen que no apartes la mirada de sus obras mientras la ejecutan delante de ti, 34 grados a las dos de la madrugada con las calles a tope de gente y tiendas abiertas… ¡demasiao!

Por un instante, llegamos a pasear por…¡Venecia! Con sus canales, sus góndolas, sus puentes, sus tiendas y terrazas a pie de calle, restaurantes en los balcones, plazas llenas de gente, un cielo con una luz del atardecer que te hacía olvidar la hora que era y la ciudad donde estabas era “The Venetian”, un hotel algo más que inspirado en la isla italiana: ALUCINANTE.

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¿Y los casinos?  Cada hotel tenía el suyo, situado en la planta baja y rodeado de tiendas y restaurantes. Cualquiera puede entrar, ya sea con corbata o en bañador y chanclas; puedes estar jugándote miles de dólares a una carta y tener detrás una familia de japoneses haciéndose un selfie con tu coronilla; no gastamos ni un dólar.

La llegada a la ciudad fue triunfal y el susto cuando a las 11.00 de la noche nos dijeron en la recepción del hotel que la reserva se había cancelado: ¡Descomunal, no teníamos habitación! Afortunadamente se solucionó antes de que Elisa entrara en parada cardiorrespiratoria.

Y de allí rumbo al Parque Nacional de Yosemite, atravesando de nuevo más desiertos y rememorando la experiencia del Cañón del Colorado, con temperaturas de infarto y muy poquitas gasolineras. De camino descubrimos un nuevo concepto de carretera (en este país todo vale si lo señalizas), en mitad de la nada aparecen unos cambios de rasante propios de un circuito de motocross, de manera que si superas los 30 o 40 km/h el coche tiende a salir volando: `dip road´, lo llaman: ¡divertidísimo! Yosemite nos volvió a impresionar con bosques inmensos salpicados con pequeños lagos y paredes verticales de piedra que se levantan cientos de metros dejando caer el agua suavemente. Nos faltó tiempo para poder conocerlo más a fondo.

Por último, San Francisco. Nos encantó la vida que tiene, diferentes barrios cada uno con mucho ambiente.

El mayor encanto de este viaje está en la variedad de experiencias: un día disfrutas de las impresionantes vistas de un entorno natural y al siguiente te encuentras inmerso en una de esas modernas urbes que acogen a tal cantidad y variedad de gente que acabas por normalizar lo que antes era extraño o estrambótico. En nuestras retinas quedan aquel hombre de San Francisco que, en mitad de la muchedumbre, únicamente vestía un sombrero y un calcetín (que no llevaba precisamente en el pie) y aquel otro de Los Angeles, que con apariencia de mujer, nos deleitó con un sugerente baile con la ayuda de la barra de un vagón del metro.

Ha sido uno de los mejores viajes que hemos hecho y lo consideramos difícilmente superable ¡Queda recomendado para todos los viajeros!

Elisa y Nacho.

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1 Comentario

  1. Cris Guer
    Jul 16, 2016

    Estupendo viaje y reportaje

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