El centro no sólo es difícil en política

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Las previsiones siempre fallan: las meteorológicas, las políticas y las económicas, también las demográficas y las de avances científicos, pero todas ellas marcan tendencias y nos permiten intuir cómo se escribirán los trazos gruesos del futuro. Entre el vocerío propio de cualquier campaña electoral se cuelan en rincones apenas perceptibles de la prensa y los audiovisuales noticias que a quienes rebuscamos bajo las alfombras nos ponen los pelos como escarpias.

Nueve de cada 10 europeos sufrirá sobrepeso dentro de 15 años y no se me vengan arriba: 15 años no es nada. Ya han pasado más de 15 desde el temido efecto 2.000 cuando cambiamos el primer dígito de nuestros calendarios, y apenas nos hemos enterado. Los que hemos pisado alguna vez suelo estadounidense sabemos que el término “gordo” se nos queda allí pequeño para describir el volumen y el peso de muchos paseantes. Y sabemos cuáles son las razones de esa epidemia que mata mucho más que el corazón, el cáncer y los accidentes de tráfico juntos porque de hecho la obesidad es la causa primaria de la mayoría de esas justificaciones oficiales de muerte prematura.

Un área culturalmente superior históricamente como la europea va importando los hábitos no sólo alimenticios de aquellas tierras transoceánicas en las que el consumo de azúcares, grasas saturadas, cantidades desmesuradas de carbohidratos de alto índice glucémico y vida sedentaria están reduciendo no únicamente la esperanza sino sobre todo la calidad de vida. No hemos sido capaces de exportar nuestras saludables costumbres de caminar por las ciudades y alimentarnos a base de legumbres, frutas, verduras, guisos, pescado y aceite de oliva, dejándonos seducir por la tiranía de la industria alimentaria a la que no le preocupa nuestra salud sino su cuenta de resultados.

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Así como en política todos persiguen el centro pero enseguida se les ve la patita derecha o izquierda, parece imposible un equilibrio entre morir de obesidad o morir de hambre. No elegimos dónde nacemos y en esa rifa a la que somos convocados sin pedirnos opinión da la impresión de que sólo hay dos colores de papeletas: las que dan derecho a la muñeca sonrosada y desmesurada que hace pipí de colesterol malo o a la de color café torrefacto que muestra aterrada la orografía hiriente de su esqueleto. Moros y cristianos, madridistas y culés, vascos y andaluces, fachas y rojos, muertos de hambre y muertos de grasa. Desde cada extremo nos tientan o amenazan sibilinamente. La buena noticia es que tú, aquel y yo casi siempre, casi siempre, podemos decidir, no sin esfuerzo, que no nos lleven al huerto, en todo caso que nos lleven a la huerta.

Artículo emitido hoy por Onda Cero Marbella.

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