El poder

Putin

Acostumbramos a identificar el poder con aquel que ejercen grandes grupos de presión, como el vituperado Bildelberg, consorcios multinacionales de la banca, la industria y otros negocios, o políticos fuertemente asidos a su sillón como Merkel, Putin, Obama, Xi Jinping o incluso Rajoy. No es de ese poder, bastante más limitado de lo que pensamos, al que me referiré hoy, sino al pequeño poder que cada uno de nosotros practicamos con perjuicio para el prójimo, conscientes o inconscientes de ello.

A lo largo de mi carrera profesional conocí reiterados casos de empleados quejosos y críticos en extremo del poder que sentían sobre sí procedente de la cúspide de la pirámide empresarial que, una vez ascendidos a puestos de tercera o cuarta línea en el mando, se convertían en verdaderos tiranos con sus colaboradores. Todos evocamos, sin dificultad, imágenes de personas que arremeten contra sus superiores sin recato tildándolos de autoritarios y no tienen el más mínimo reparo en pisotear sin piedad a quienes dependen de ellos.

El deseo insaciable de poder es el escape de la frustración, la compensación por la falta de autoestima, el ladrido del perro asustado que teme ser atacado por el grande de verdad. Sólo se precisa pasear por la ciudad para encontrar muestras abundantes de estos miserables abusos de poder en los que en algunas ocasiones la cara de quien los comete babea satisfecha por su maldad o ratería.

Merkel

Aquellos que dejan su coche aparcado en segunda fila para tomarse una copa sin tan siquiera comprobar si hay un hueco libre a 20 metros; los cláxones de los perjudicados sobrealimentan su maltrecho ego. Los niñatos que atraviesan las plácidas callejuelas de los pueblos con sus motos a escape libre ufanos de despertar y asustar a sus vecinos: aquí voy yo y todos deben saberlo, si me odian, al menos sentirán algo por mí. Los dueños de perros que pueden pasarse noches enteras ladrando en un balcón, patio o terraza, machacándose los pulmones y destrozando el descanso de toda una comunidad. Los empleados, las más de las veces públicos, que hacen gala de lentitud e incluso de ausentarse una y otra vez de su puesto eyaculando inconfesables venganzas hacia quienes se agolpan en la fila esperando su turno. Los ejemplos darían para todo un día de programación.

La reflexión a que todo esto me lleva es que, al igual que la corrupción, el ser humano lleva dentro la semilla del abuso hacia otros. También la de estar dispuesto a ayudar al prójimo. Es más, no son pocos los casos en que una misma persona alterna sin mayor problema ambas prácticas. Una vez más los viejos refranes nos resumen la verdad: qué distinto es predicar a dar trigo; cuántos vemos la paja en ojo ajeno pero no la viga en el propio; no ames a quien amó, ni sirvas a quien sirvió, o donde dije digo, digo Diego.

Artículo que se emite hoy por Onda Cero Marbella.

1 Comentario

  1. Adelaida
    Jul 1, 2015

    Veo que tu paso por Tarifa no te ha devuelto la paz.
    Quizás somos nosotros los que estamos equivocados y nos empeñamos en cambiar a la sociedad, quizás…

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