Ferias

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Se acerca inexorable el día del año en el que más pueblos y ciudades celebran sus fiestas y ferias. El 15 de agosto, junto a sus días previos y posteriores, se queman en España millones de cohetes, fuegos artificiales, euros y buenas costumbres. Una vez más nadaré contra corriente y me expondré a tomatazos por cuanto digo y no precisamente con el sentido festivo de la tomatina valenciana.

Nadie discute que la marca España se identifica, por encima de todas las demás imágenes, con dos palabras casi homófonas: siesta y fiesta. Defiendo la bondad de la primera, si es corta, para una recuperación saludable de la energía diaria, pero rechazo sin paliativos los excesos y consecuencias de la segunda. Las fiestas patronales y sus ferias tuvieron sentido en tiempos en los que durante el resto del año los residentes en ciudades pequeñas y no digamos los lugareños vivían en una tediosa rutina sin apenas espacio para el jolgorio y el desparrame, pero hoy rebosan durante todo el año.

Dejando de lado escasas manifestaciones originales, -moros y cristianos o batallas de flores, por ejemplo-, seamos sinceros: ¿en qué consisten todas las ferias y fiestas? Pues en beber a destajo, en comer muy malamente por mucho más dinero del que cuesta comer bien fuera de esos recintos, en vociferar y hacer el patoso, en desbarrar, en molestar a vecinos cautivos que durante una o dos semanas al año no pueden pegar ojo en sus propias casas, en dilapidar dineros que no se tienen para comprar ropita de fiesta a toda la familia, ¡un día es un día!, y luego empeñarse por meses o dejar sin atender compromisos básicos. Por no hablar de la cantidad de jóvenes que se inician en el alcohol y otras drogas en una feria local o que, ¡un día es un día!, dejan o se quedan embarazados y mantienen sin miramientos otras conductas de riesgo.

Se me dice que las ferias crean empleo. También crea empleo el narcotráfico y las mafias. El empleo no lo justifica todo. Los dineros públicos que se dilapidan en tener contento al personal con músicas, bailes, cacharritos que rechinan y fuegos de artificio podrían servir a fines mucho más perentorios en tiempos difíciles. Nos quejamos de que no se ayuda a los necesitados, propios y lejanos, que se recortan derechos, que se persigue a los inmigrantes, que se deja morir de ébola a los africanos, que se cierran escuelas y hospitales… ¡Qué fácil es echar siempre la culpa a los demás! Si el despilfarro privado y público que se va a producir en España en este fin de semana en ruidosas ferias y fiestas vulgares se dedicara a satisfacer necesidades fundamentales el mundo podría mirar el futuro con esperanza. Quien necesita una feria para escapar de sí mismo tiene un grave problema. Las ferias no solucionan ningún vacío, soledad, depresión, conflicto o ruina personal, al contrario provocan todos los males de la resaca del día después.

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 Emitido hoy por Onda Cero Marbella.

1 Comentario

  1. Jose
    Ago 13, 2014

    Totalmente de acuerdo.

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