Las barbas del vecino

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Que vivimos tiempos de zozobra ya no lo niega nadie. Que cada mañana al asomarnos a la ventana que cada cual abre para averiguar por dónde soplará el viento, lo que sentimos no es brisa sino tifón es una evidencia. A veces, el bofetón tiene poco recorrido y nos llega como susto por una barrabasada cercana, otras, trae mar de fondo y ha cruzado todo el Atlántico. El periodismo se ha convertido en una profesión de riesgo, no necesariamente físico, sino por la ansiedad que debe de producir tener que decidir qué plato ofrecer como principal a lectores u oyentes y cuáles como entrantes y postre. Se suceden sin tregua tantos hechos que pueden alterar nuestras vidas que ganas dan más de un día de volver al suave cobijo de la almohada aún calentita.

Ya he perdido la cuenta pero así, por encima, creo que en este año: Se nos anuló en Marbella el enésimo Plan de Ordenación Urbana y hemos vuelto a regirnos por el de hace 30 años; el tráfico, las obras y la carencia de estacionamiento ha sido y es cada día más insufrible; la presidenta de nuestro taifas andaluz deshoja día sí y día también si nos dejará huérfanos cogiendo un AVE a Madrid sin billete de vuelta o si seguirá cuidando de estos sus hijos descarriados; España se ha tirado un año con un  gobierno provisional demostrando cuánta herencia guerrera dejaron en nuestros genes todos los pueblos que nos precedieron, y no cantemos victoria, en cualquier momento podemos volver a esa interinidad en la gestión del bien común.

Abramos el zum. Si el año pasado contuvimos la respiración durante todo el verano y otoño por si la cuna de las Olimpiadas dejaba de pertenecer a la familia, este año ha sido la metrópoli de Gibraltar quien contra todo pronóstico ha dado un puntapié a la burocracia europea. Sí, porque Europa es percibida no como un sentimiento o una emoción común sino como un galimatías organizativo y una babel de directivas y reglamentos infumables. Y llegó la guinda; lo que ayer parecía imposible se convirtió en realidad: la versión americana de Jesús Gil tumbó la esperanza de que por primera vez en la historia una mujer sobradamente preparada presidiera la nación más influyente del planeta.

¿Qué nos está pasando? ¿A dónde podemos dirigir la mirada y el oído para mantener un mínimo de calma? ¿A la lejana Filipinas, donde además de terremotos devastadores tienen un gobernante recién salido de la caverna? ¿A Rusia, donde cualquier parecido con una democracia es puro cartón piedra? No, mejor a China, que han erradicado la pobreza, la explotación laboral y la contaminación además de haber conseguido una auténtica participación de la ciudadanía en la cosa pública. O aún mejor, a India, ese pequeño país de 1.400 millones de seres donde uno de cada tres vive con menos de un euro al día y en el que las castas y la corrupción campan por sus fueros. Bueno, siempre nos quedará la dulce África donde la igualdad entre hombres y mujeres, entre otras codiciadas condiciones de vida, hacen envidiable ese continente.

Creo que la solución, y ahora va en serio, es mirarnos hacia dentro. Aunque pueda parecer lo contrario, en términos generales, nunca estuvimos mejor que ahora, lo que ocurre es que nunca tuvimos tanto vicio de mirar por las ventanas, -hoy más virtuales que reales-, y ya lo decían los carteles en los trenes antiguos: “es peligroso asomarse al exterior”. Pues eso, mirémonos dentro que quizá nos sorprendamos… para bien.

Artículo emitido hoy por Onda Cero Marbella.

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