Las barbas del vecino

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Hace años que lo vengo anunciando y no porque tenga una lámpara de adivino sino porque la lógica suele ser tenaz. Ha empezado por Holanda, ¿quién nos lo iba a decir? Un país pequeño, en el corazón de Europa y de los mas avanzados socialmente. Desde el comienzo de este año el Estado de bienestar ha pasado a denominarse “sociedad participativa”. Poco eufemismo: una parte sustancial de las necesidades que ha venido cubriendo el Estado pasarán a ser atendidas, con rango de ley, por la propia sociedad. Se ha empezado por traspasar a los familiares, amigos y vecinos la responsabilidad de ayudar a los ancianos y las personas dependientes, incluidos los niños discapacitados. Por el momento se queda en obligación moral y no se han tipificado las sanciones por su incumplimiento pero el primer paso está dado. Simultáneamente el Estado ha transferido a los ayuntamientos la misión y el presupuesto para proporcionar la atención social.

El largo período de paz y crecimiento económico sostenido, con los lógicos ciclos de recesión intercalados, que ha vivido Europa Occidental tras el término de la Segunda Guerra Mundial, ha supuesto, entre otros logros que jamás podrían haberse imaginado, la formalización de un sistema de protección social, llamado Estado de bienestar, al que se han destinado en sus diferentes países cuantías voluminosas y crecientes del presupuesto nacional. Modelos muy parecidos de seguridad social a través de los que se ha venido dando cobertura sanitaria universal y gratuita, además de la generalización del sistema público de pensiones satisfechas mediante sistema de reparto, es decir, con las cotizaciones de los trabajadores activos y autónomos, nos han hecho concebir un mundo feliz de presente y futuro garantizados. Junto a ellos y en un nivel más avanzado se han constituido coberturas para contingencias no incluidas entre las anteriores: dependencia, pobreza, maltrato, carencia de vivienda, etc.

El envejecimiento general de la población, gracias a mejoras sustanciales en alimentación, higiene, medicina, cultura y actividades de ocio activo, junto a una baja natalidad, un alargamiento del proceso de formación en detrimento del tiempo de cotización por actividad laboral, la deslocalización de muchos procesos productivos a regiones emergentes con bajísimo coste de mano de obra, y la globalización en términos amplios, han puesto ante nuestros ojos el riesgo de colapso del sistema que nos parecía intocable e imperecedero. Resulta tentador esconder la cabeza bajo el ala y esperar que escampe el temporal; cómodo echar balones fuera y cargar la culpa a gobiernos insensibles, grandes consorcios empresariales y, cómo no, a la banca o a los mercados financieros; ingenuo confiar, animados por los cantos de sirena del final de la crisis, que todo volverá pronto a los “felices noventa”.

El desiderátum del bienestar social, concebido como la cobertura pública de cualquier necesidad crónica o sobrevenida, toca a su fin. El cambio de milenio que, a estos efectos se retrasó seis años, ha traído un cambio profundo en el modelo de convivencia. Del mismo modo que hoy todos producimos información a través de las redes sociales y los blogs, en vez de recibirlas pasivamente de quienes hasta no hace mucho eran emisores exclusivos, de igual forma que recorrer grandes distancias en unas pocas horas cuesta lo que no ha mucho costaba un viaje del pueblo a la capital, los individuos habremos de tomar conciencia de que el abanico de derechos que hemos ido recibiendo sin rechistar debe armonizarse con un conjunto de deberes mal que nos pese.

El dinero público no cae del cielo: el Estado y las demás administraciones públicas lo detraen coactivamente vía impuestos y tasas de los ciudadanos residentes en sus áreas de influencia con el fin de redistribuirlo hacia aquellas finalidades que se consideran de mayor utilidad colectiva: infraestructuras, defensa, educación, sanidad, justicia, pensiones, cultura, servicios sociales, etc. A nadie le agrada que le detraigan una parte del fruto de su trabajo, de su inversión o de su asunción de riesgo, por eso se realiza coactivamente. Todos, sin embargo, queremos ser beneficiarios del reparto: que el AVE llegue a la puerta de nuestra casa, que las urgencias médicas no tengan tiempo de espera o que las aulas de los centros escolares no estén masificadas ni sean prefabricadas. Hoy que hablamos tanto de maridajes entre suculentos platos de alta cocina con vinos de aromas diversos, tenemos muy arrinconado el maridaje entre la pericia para disfrutar de derechos infinitos y la disposición a cumplir obligaciones y deberes ingratos. Holanda ha empezado a cortarse las barbas; no estaría demás ir poniendo las nuestras a remojar.

Artículo publicado hoy en la edición impresa del Diario SUR.

 

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