Más allá del accidente

Me quedo extasiado mirando pasar un carguero en Pola de Gordón

Me quedo extasiado mirando pasar un carguero en Pola de Gordón

En mi inocencia de niño creía que los edificios con una placa en su portal que rezaba “asegurado contra incendios” nunca podrían arder.

Han pasado ya días suficientes para compartir una reflexión no tanto sobre el fatídico accidente ferroviario de Santiago sino sobre las distintas reacciones que hemos ido leyendo y oyendo desde el primer momento, con un goteo que no cesa. Por su apresuramiento las más desafortunadas fueron las primeras, llenas de pasión e indignación. En trazo grueso, se dividieron entre dos grandes grupos con sus respectivos prejuicios y sin la más mínima concesión a la otra parte: por un lado los defensores a ultranza de la tecnología de alta velocidad que echaban su veneno contra el fallo humano del desgraciado maquinista y, por el otro, los que encontraron en el hecho la oportunidad de arremeter contra todo lo que supusiera que nuestro país pudiera sentirse orgulloso de algo, al menos de su avance ferroviario.

Se pedían explicaciones claras y precisas cuando todavía se estaban extrayendo cadáveres de los vagones aplastados. Se desconfiaba a priori de cualquier investigación que llegara a conclusiones contrarias a lo que cada uno ya había decidido que era la causa de la tragedia. Pero sobre todo lo que más me ha sorprendido, y en lo que baso este comentario, es la negación infantiloide de que estemos sometidos a peligros permanentes. Y más parece un milagro que ocurran tan pocos desastres en un mundo que se mueve masiva y continuamente, y que asume riesgos muchas veces innecesarios: deportes extremos, encierros taurinos, excesos de velocidad, de sol, de alcohol, de tabaco, de grasas, y tantos otros que no cabrían en este espacio.

Un tren que circula a 200 km/h o más es un vehículo muy seguro pero no 100% seguro, lo mismo que un avión en pleno vuelo, en el momento del despegue o cuando toma tierra. Sabemos que hay unos 13.000 aviones sobrevolando el planeta continuamente pero cada año alguno tiene un accidente fatal y cada día se producen centenares de incidentes que acaban sin víctimas y que ni siquiera aparecen en los medios de comunicación. Todos los días muere mucha gente en accidentes de tráfico en las ciudades y carreteras del mundo. Y todo ello desde la perspectiva de vivir en países donde no hay guerra, ni terrorismo, ni epidemias; si tuviéramos estos en cuenta la vida sí que sería un verdadero milagro.

El párrafo de introducción de este artículo, -ya sabéis un tuit de 140 caracteres-, viene a cuento porque habiendo nacido en una ciudad que pocos años antes de mi llegada al mundo había sido arrasada por un pavoroso incendio, -Santander-, contemplar con la ignorancia propia de quien tiene por delante todo el aprendizaje, me hacía sentirme muy seguro aquello de ver placas sobre los portales de muchos edificios en los que la compañía de seguros correspondiente había insertado esa frase para mí totalmente mágica: “asegurado contra incendios”. O sea, estaba clarísimo: era imposible que aquella casa pudiera arder. A punto estuve de creer también que un seguro de vida nos libraba de la muerte. ¡Dulce infancia!

Pero tengo ahora la impresión de que muchos adultos con formación superior y vasta experiencia vital se niegan a admitir que cada día asumimos de forma más o menos consciente infinidad de pequeños y grandes riesgos: cruzar calles, conducir el coche, hablar distraídamente por teléfono, subir y bajar apresuradamente escaleras, comer confiadamente lo que nos sirven en establecimientos del todo desconocidos… y no digamos nada si practicamos aficiones o pertenecemos a profesiones de más adrenalina: bombero, policía, médico de urgencias, limpiacristales de edificios, piloto de pruebas, en fin, ponga cada cual su profesión arriesgada de cabecera.

Cuando los trenes eran arrastrados por locomotoras de vapor, mi padre, ferroviario en la línea de Santander, envidiaba la ignorancia de los viajeros comunes que no se percataban del peligro de bajar el puerto de Pozazal con los frenos desgastados o subirlo con los enganches oxidados. Iban tan confiados ellos y tan preocupado él.

Esta sociedad que ha delegado toda su responsabilidad en terceros no concibe que el mero hecho de vivir cada día implica un alto riesgo.    

2 Comentarios

  1. Jose
    Ago 5, 2013

    Y es que la muerte, forma parte de la vida. Es el fin del ciclo vital. Ciertamente, sobrecoge el hecho de ver como es arrebatada la vida de forma trágica, imprevista y sobre todo magnificada con imágenes hartamente repetidas. Creo que debemos sentirnos orgullosos de un sistema ferroviario como el que tenemos y todavía mas si no cierran líneas, aunque sean deficitarias, y se amplían a zonas que carecen de ellas.

  2. Ramón
    Ago 5, 2013

    Vivir perjudica seriamente la salud. Vivir mata. Así pues, disfrutemos mientras podamos. En cualquier esquina nos espera lo único cierto que tenemos.

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