Menos reformas educativas y más reformas sociales

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LGE, LOECE, LODE, LOGSE, LOE, LOMCE… son las siglas imposibles de las diferentes leyes de educación que nuestro país ha conocido desde 1970: no hace tanto para la naturaleza de su contenido. En 45 años se han elaborado siete leyes concernientes a la organización del sistema educativo español; no todas ellas llegaron a aplicarse, a Dios gracias, pero las que sí lo han hecho son más que suficientes. Tengamos en cuenta que el ciclo educativo no universitario comprende 18 años por lo que para que el resultado completo de cualquier reforma educativa pueda ser evaluado como debe, al menos tiene que durar cuatro lustros.

Cada nuevo gobierno con color político diferente al anterior se propone reformar la educación en la absurda creencia de que mejorará lo que había. Desde el comienzo de la democracia hasta nuestros días es difícil encontrar a alguna persona sensata que afirme que hoy nuestros estudiantes estén más capacitados y mejor educados que ayer, y ponga cada cual el ayer donde más le plazca. Una frase que se repite hasta la saciedad es la de que “se han perdido los valores”.

En mis 40 años de profesión en el ámbito educativo internacional comencé pronto a oír la cantinela de educar en valores, educar para la felicidad, educar en libertad, incluso en nuestros países hermanos del otro continente se hablaba de educación valórica: horrendo término al que siempre me opuse. En Estados Unidos, hace ya mucho tiempo que contemplé atónito cómo había que contratar policía privada a las puertas de los colegios e institutos. Del Cono Sur a Norteamérica pasando por todos los países del Istmo, nunca percibí satisfacción respecto a sus sistemas educativos. Tampoco en Francia, Inglaterra, Irlanda o Sudáfrica.

Por eso cuando me preguntan si estoy de acuerdo con tal o cual reforma educativa siempre contesto lo mismo: cualquier sistema educativo puede valer dentro de un sistema social adecuado. Gustamos de mirarnos en Finlandia porque obtiene las mejores ratios en cálculo, razonamiento y lenguaje, pero olvidamos que también encabeza, junto a otros países nórdicos, la tasa de suicidios por cada mil habitantes. No me sirve un sistema educativo que transfiere conocimientos humanísticos, científicos y técnicos si es incapaz de salvaguardar lo más valioso de sus mujeres y hombres: la vida.

Veamos una estadística simple y redondeada adrede para mejor comprenderla: un año tiene 8.800 horas, aceptemos que un menor o adolescente deba dormir 3.300, nos quedan 5.500 horas de vigilia, de las cuales solo pasará en el centro escolar 1.100 lo que supone una quinta parte de su tiempo de vida activa. Cuatro quintas partes las pasa con la familia, los amigos, el entorno, consumiendo información o deformación no reglada. ¿Qué importa si en la escuela recibe más o menos transmisión de conocimientos, o sea, instrucción, que esa es su función? Donde nuestras futuras generaciones se forman como personas es en las casas, en la calle, en el barrio, ante las pantallas de televisión, de sus tabletas o de sus móviles. En la interacción con los iguales y con los adultos.

La reforma pendiente no es la educativa, es la social. Lo dice muy bien José Antonio Marina: para educar se necesita toda la tribu. Pero una tribu consciente y previamente educada. La reforma educativa no está en las aulas, está en la calle y no es educativa, es social.

Artículo emitido hoy por Onda Cero Marbella.

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