Mi tía Serapia

Desde la carretera nueva se divisaba el frondoso valle del Bernesga, todo el pueblo y los montes a poniente

Desde la carretera nueva se divisaba el frondoso valle del Bernesga, todo el pueblo y los montes a poniente

Era sorda como una tapia, tenía un ojo de cristal y el otro con lloriqueo, apenas ocho piezas dentales, y de hechura encorvada y menuda. 

Mi tía Serapia, cuyo más cercano concepto de varón le venía de la imagen de San Antonio en el retablo mayor de la iglesia, me atizaba una ristra de besos sonoros y huecos cada verano cuando yo aparecía paliducho y famélico en La Pola de Gordón, después de un curso de humedades y lluvias en ese Santander que me nació y que me regalaba catarro tras catarro, bronquitis tras bronquitis y una inapetencia que mi madre compensaba con yemas de huevo crudo, un cucharón de azúcar y un buen chorro de Quina Santa Catalina. De haberlo hecho ahora hubiera acabado presa por maltrato infantil. Al comenzar septiembre yo volvía al norte con unos cuantos kilos más, color tostado y “cara de pueblo”.

Serapia, con hermanas de nombre Gertrudis, Amalia o Gabriela, ni una Vanessa, ni una Jennifer, en realidad era tía de mis tías, afanosas modistas del pueblo, que en verano trabajaban de sol a sol porque había mucha romería y verbena y no existía el prêt à porter. La casa era un verdadero telar y la máquina de coser el sonido de compañía. Así que, además de con los guajes de mi edad, yo podía salir con mi tía Serapia cuando acababa sus quehaceres cotidianos: acarrear leña y carbón para prender la cocina, lavar ropa, tenderla al verde, orearla, recogerla, plancharla, echar de comer a las pitas, ir a buscar agua a la fuente, barrer y fregar la casa, hacerse el moño con unas tenazas calientes para rizarse los cuatro pelos disponibles, y, lo mejor: fabricar fundas para somieres.

Lo que hoy son canapés como soporte de colchón, entonces eran somieres metálicos en barras o en red, y para que no lo rompieran se les cubría con tela o esparto. Mi tía Serapia aprovechaba los restos de los vestidos que cortaban sus sobrinas y hacía con ellos rectángulos pequeños más o menos iguales, los cosía uniéndolos por la parte mayor, consiguiendo una tira de unos dos metros de larga por unos 20 cm de ancha y cuando ya tenía varias, las unía entre sí obteniendo una funda multicolor hecha de cientos de retalucos de tela sobrante de todos los colores y estampados. Si hubiera que valorar el hilo y el tiempo empleados costarían más que una alfombra persa pero entonces los chinos todavía no habían aparecido por estos lares, sólo usábamos esa palabra: chinos, para nominar un juego con tres monedas por jugador.

Luego paseábamos por el pueblo...

Luego paseábamos por el pueblo…

Cuando mi tía Serapia acababa todo su trajín, bien caída la tarde estival, se ponía guapa: un añejo vestido marrón oscuro con su hábito, (las mujeres de este pueblo siempre iban con hábito en cumplimiento de promesas por curaciones y otros milagros semejantes), sus medias negras bien opacas, sus zapatos negros con dos cm de tacón y una chaquetilla raída de lana negra. Nunca olvidaba el misal y el velo porque el rosario era parte de su ocio vespertino diario. Salíamos bien cogidos del brazo. Como no oía, no la dejaban alejarse demasiado de la casa, si salía sola. Por aquel entonces se acababa de construir la carretera de circunvalación para evitar el tráfico pesado por medio del pueblo. Todos la conocían como “la carretera nueva” desde la que se divisaba el frondoso valle del Bernesga, el pueblo entero y los montes a poniente: un espectáculo. Cuando yo estaba allí podía llevar a mi tía Serapia a la carretera nueva; nos sentábamos en un mojón, mirábamos extasiados el paisaje y conversábamos: ella preguntaba, yo le respondía y ella no se enteraba, pero nos entendíamos y hacíamos muy buena pareja. Luego paseábamos por el pueblo y me mostraba muy ufana a sus amigas: “es el pequeño de Remedios, fíjate como ha crecido el rapaz desde el año pasado”.

Un invierno de principio de los 60, nos llegó a Santander una carta de mis tías: Serapia apenas come, no se levanta de la cama y a ratos pierde la memoria.  Mi madre se fue a La Pola para ayudar a mis tías a cuidarla. No había hospitales ni urgencias. La gente nacía, enfermaba, sanaba y moría en casa. A los pocos días recibimos un telegrama de mi madre: “Ha muerto Serapia. STOP. Remedios. STOP”. En aquel momento supe que ya nunca más tendría a quien acompañar a la carretera nueva.   

Mi tía Serapia, mi padre y mi madre comparten lápida en el panteón familiar

Mi tía Serapia, mi padre y mi madre comparten lápida en el panteón familiar


9 Comentarios

  1. José Luis
    Sep 27, 2013

    Hola primo Luis. Me ha encantado la historia que has escrito sobre nuestra tía Serapia. Aunque yo era muy pequeño, recuerdo que siempre me tenía en brazos, ya que yo no podía andar. Y, sí, a pesar de ser sorda y ver poco, era muy habilidosa y cariñosa con todos sus sobrinos.
    Un abrazo.

  2. Seli
    Sep 8, 2013

    Hola Luis, seguro que has estado por La Pola y has sentido añoranza de tu infancia y de tus vivencias juveniles, conozco el sentimiento y eso es lo que he percibido en tu preciosa narracion.

    Un abrazo muy fuerte

  3. Elena Saez Martinez
    Sep 8, 2013

    luis que historia tan tierna.

  4. Emilio Zurita Cabezas
    Sep 8, 2013

    Humana, cariñosa y entrañable descripción que da una idea de la calidad de la persona detrás de esas palabras. Enhorabuena. Si me permites, voy a compartirlo.

  5. koke
    Sep 7, 2013

    Tan entrañable como delicioso.
    P.D.: Cualquier tiempo pasado: ¿fue peor?

  6. Jose
    Sep 5, 2013

    Preciosos recuerdos contados de forma emotiva. La historia es preciosa y muy bien descrita. Eso es literatura!!!

  7. Adelaida
    Sep 5, 2013

    Como me gustan las historias y que bien las cuentas.

  8. Andres
    Sep 5, 2013

    Luis,
    Me ha parecido tan bonito y he percibido tanto cariño en tu prosa, que se la voy a enviar a mi hermano, en Francia; él es un amante de buena literatura.
    Por favor, que no se pierda tu talento.

  9. Curra
    Sep 5, 2013

    Un placer leerte Luis.

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