Puentismo

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Dice de este término el diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española que es voz recomendada en sustitución de la forma híbrida puenting (del sustantivo español puente más el sufijo inglés -ing) para designar el deporte consistente en lanzarse al vacío desde un puente u otro lugar situado a gran altura, sujetándose a este mediante una cuerda atada al cuerpo. Se forma igual que ciclismo, senderismo, piragüismo, paracaidismo, etc. Nada dice la docta casa sobre una posible segunda acepción que a mí se me ocurre mucho más común, habitual y hasta epidémica por lo que aporto aquí mi granito de arena por si los ilustres académicos tiene a bien incluirla en la próxima edición: “Dícese también del instinto irrefrenable de lanzarse a cualquier lugar sea el que fuere, cuanto más lejos e incómodo mejor, en cuanto llegan dos o más días seguidos de fiesta.”
Así podríamos afirmar con rigor académico que ayer concluyeron cuatro días desenfrenados de puentismo o de puenting para quienes gustan de los gazpachuelos lingüísticos. Los que no nos hemos alejado de casa más de 12 kilómetros durante estas cuatro jornadas, radio muy normal para quienes vivimos en un municipio que tiene 27 de longitud, podríamos decir orgullosos que hemos practicado hogarismo, como antónimo de puentismo. Permítanme regalar otro vocablo a la Real Academia. “Hogarismo: Conducta en desuso, asaz vergonzante para quien la practica, consistente en quedarse plácidamente en casa durante dos o más días festivos consecutivos mientras el resto de compatriotas huyen despavoridos y en masa de sus lugares de residencia.”
De todos las actividades compulsivas que he tenido oportunidad de presenciar a través de los distintos medios de comunicación durante este arraigado puente de la Constitución-Inmaculada, ha habido una a la que me ha costado lo mío dar crédito y que hubiera considerado un anticipo del Día de los Inocentes de no haber sido machaconamente mostrada por distintas cadenas televisivas: colas interminables de personas, aparentemente en su sano juicio, rodeando edificios y manzanas enteras mientras esperaban poder hacerse con un décimo de lotería de los que vende una popular lotera madrileña al mismo precio y con idéntica probabilidad matemática de obtener el gordo que los disponibles en sus propios pueblos, ciudades y barrios. Tal ha sido la algarabía montada, que estas buenas gentes han sido interrogadas por varios medios de comunicación sobre el tiempo que llevaban esperando a pie firme, al fresco o al sol: un promedio de dos horas. Dos horas de incómoda inutilidad, detraídas al tiempo gozoso y escaso del puentismo para adquirir aquello que tienen junto al portal de su casa.
Cuando esos mismos paisanos, de toda edad, sexo y condición, van al banco, a la carnicería o al médico y han de esperar 10 minutos entran en crisis y hasta puede que intenten colarse. Y no digamos nada de los síncopes sobrevenidos en las colas que habrán debido soportar para tomar un avión, un tren o aguantar kilómetros de caravana en el propio vehículo. ¡Practicar puentismo para esto! Aquí la única que se frota las manos justificadamente cuando llega este tiempo es una señora a la que probablemente nadie conoce pero todos envidiamos: doña Manolita. Por cierto, este año todavía no he comprado ni un solo décimo para Navidad. ¡Y ya no quedan puentes! ¡Ay madre, qué fatiga!

Artículo emitido ayer por Onda Cero Marbella.

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