Reformas educativas

Mi ingreso en Bachillerato en el verano del 58

Mi ingreso en Bachillerato en el verano del 58

Artículo mío que se publica hoy en la edición impresa del Diario SUR para Marbella-Estepona y Campo de Gibraltar.     

Una de las diversas ventajas que conlleva ser mayor es la de haber vivido mucho. En el caso de las reformas educativas yo he perdido la cuenta. Comenzaré por el sistema que me tocó en su momento. Aprobé el examen de ingreso al Bachillerato con 10 años, lo que hoy es casi el final de la educación infantil si se queda alguien un poco rezagado. Desde el primer curso ya teníamos un profesor para cada asignatura, no existía la figura del tutor, el promedio de alumnos por aula era de unos 55, había un instituto para chicos y otro para chicas, y el bedel (figura hoy inexistente) era una de las personas con más poder en el centro.

Hasta el ingreso en Bachiller, la enseñanza iba por libre y poco estructurada, se completaba como se podía y lo importante era preparar ese examen. Tras el 4º curso había una reválida que, superada, le otorgaba a uno el título de Bachiller Elemental, con el que ya se podía buscar la vida laboral. Si quería seguir estudiando, hacía 5º y 6º, con otra reválida que le acreditaba como Bachiller Superior y, si quería ir a la Universidad, cursaba durante un año más el  Preuniversitario (el famoso Preu), con 17 o 18 años, como hoy 2º de Bachillerato.

No considero que aquel sistema haya dejado lagunas de formación o traumas graves en mi vida. Cuento todo esto no por un ataque de nostalgia sino para ilustrar que un sistema educativo, formalmente considerado, nunca es bueno o malo per se; la bondad está en su aplicación por parte de los docentes y en su aprovechamiento por parte de los discentes. Los nombres, los ciclos, las edades de corte, el número de metros cuadrados por aula, de laboratorios, de instalaciones deportivas y de tantas otras exigencias materiales que hoy llenan el cupo de exigencias son cuestiones menores.

He dedicado mi vida profesional a las áreas económica y organizativa pero dentro del sector educativo y he conocido los sistemas de más de veinte países: desarrollados unos, emergentes otros y bastante subdesarrollados los menos. Ninguna de sus sociedades estaba conforme con su modelo educativo y, sin excepción, le achacaban a él todos sus males.

La educación, el sistema educativo, no es un “ovni”: se planifica,  estructura, legisla y sobre todo, se lleva a la práctica, dentro del contexto general de una determinada sociedad y por tanto es parte indisoluble de ella. Educan las familias, los profesores, los medios de comunicación, la gente en la calle, los propios iguales. La educación es un proceso continuo de transmisión de conocimientos, de formación de la persona mediante adquisición de habilidades sociales y de interiorización de valores. En suma, educar es preparar para la vida y cada persona concibe la vida de forma distinta.

Desde aquel sistema de tardo posguerra que a mí me tocó hasta la reforma propuesta por el actual ministro de Educación, cuyos tomates más podridos creo que le lanzan quienes sólo han leído de la reforma alguna frase ocurrente para el circo, he conocido más de diez reformas en mi propio país y un número indeterminado en otros tantos. Y algo tengo claro: los medios son importantes pero no son los fines. Con mucho dinero se puede dar muy mala educación y viceversa. La educación y el propio modelo social de una comunidad concreta se retroalimentan en un continuo bidireccional, es un proceso permanente, y lo digo en el sentido más absoluto: uno se educa hasta que muere.

Cuando decimos que todo lo que nos ocurre en España es un problema de educación, tenemos razón, pero no es un problema del “sistema educativo”. Y en estos tiempos de cambio vertiginoso menos que nunca. Fuera de las aulas ocurren las cosas a una velocidad imposible de recoger ordenadamente en aquellas. Cuando se termina de diseñar una reforma educativa y empieza a implantarse ya está caduca, ya debería recoger cambios significativos del entorno social y de los nuevos conocimientos.

Si en las teorías sobre el cambio climático hay enfoques ideológicos y se supone que es pura Física, ¿cómo no va a contaminarse de ideología la educación? Educamos para acceder a la vida adulta en función de cómo visualizamos el modelo social, de modo que así intentaremos educar. Es imposible eludirlo. Cualquier gobierno lo hará, del color que sea y del ámbito territorial sobre el que legisle o reglamente. Ya vemos que en algunos espacios de nuestro país se desconoce quién fue Cristóbal Colón. No interesa. ¿Qué podemos esperar?

Conclusión: cualquier sistema educativo es perfectible, en cualquiera  habrá fracaso escolar, de cualquiera se podrá obtener, si se aprovecha, un razonable beneficio. No lo olvidemos: educa la escuela pero más aún educa la sociedad toda. Y transmite lo que es.

 

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