Ruidos

Un patio que habla de colores, luces y sombras

Un patio que habla de colores, luces y sombras

Artículo que se emite en Onda Cero Marbella entre las 12.45 y las 13.45 de hoy.

No me refiero ahora a los ruidos que produce el tráfico, las obras o la música de los chiringuitos. Los profesionales de la comunicación, y también los aficionados, estudiamos que ruido es todo aquello que se interpone en un mensaje e impide que llegue fielmente al receptor tal como lo crea el emisor.

Con esta amplia concepción, un ruido en comunicación puede ser el simple estado de ánimo. Cuando Concha aparece a las 8.20 de cada mañana pletórica de ánimo en nuestras vidas dándonos los buenos días a través de las ondas, el hecho de escucharla medio dormido o con dolor de cabeza puede hacer que su saludo nos resulte inoportuno o molesto aunque su intención sea la mejor de las posibles.

Daré un paso más: ruido es también el que puede interponerse entre un emisor y un receptor un tanto sui géneris: la misma persona. ¿No nos hablamos constantemente a nosotros mismos? ¿No discutimos, incluso, con nuestra voz interior? ¡Si hasta le llevamos la contraria en muchas ocasiones! Por tanto, dentro de nosotros hay un proceso continuo de comunicación, alterado y desvirtuado muy a menudo por ruidos: pensamientos que se nos cruzan, estímulos inconscientes, obsesiones, preocupaciones, temores, culpas, y, por supuesto, ruidos en el más habitual sentido del término: voces, llamadas, reclamos de fuentes diversas, etc.

Quiero compartir con vosotros una reciente experiencia extraordinaria: nueve días, ocho noches, en Tarifa haciendo un verdadero retiro interior que me han servido para comunicarme con un gran amigo al que tenía un tanto marginado: yo mismo.

200 horas sin un solo minuto de televisión, ni de radio, ni de Internet o redes sociales, ni una sola línea de prensa escrita, ni un solo correo electrónico, teléfono, WhatsApp, Line o Skipe. ¡Qué pedazo de experiencia, amigos! Algo tan aparentemente simple como dejar que la vida pase, que las cosas ocurran, como observar lo más cotidiano: el paseante con su perro, la madre con el cochecito del bebé, la vendedora de frutas en el mercado, el carnicero, la camarera que me sirve una cerveza con una olivas machacás, las olas que rompen en la orilla, el ferry que sale del puerto, la panda de muchachos jugando a la pelota en la playa, tres amigas desayunando en la terraza de un bar de barrio… La vida, sin más, la pura vida.

Una pareja charla en una terraza mientras un músico toca la guitarr

Una pareja charla en una terraza mientras un músico toca la guitarra

Esa vida que se oculta y se esconde tras los ruidos entrometidos de nuestros días aparece de pronto como acercada por un espejo de aumento que nos muestra todos esos pequeños detalles que suelen pasarnos inadvertidos. Tomamos conciencia de nuestro caminar, de cada acción que llevamos a cabo: lavarnos los dientes, preparar la comida, detenernos ante algo que nos sorprende. Los expertos en crecimiento personal lo llaman mindfulness: atención plena. Lo recomiendo. Al principio no es fácil pero se consigue. Y desde luego, es baratísimo.

Amiga oyente, amigo oyente, te propongo que lo experimentes. No lo dejes para después porque lo olvidarás aturdido por los propios ruidos. Donde estés en este momento, para cinco minutos, y solo mira lo que ocurre a tu alrededor, sin más. Sin juzgar, sin esperar, sin exigir. Seguro que descubrirás algo nuevo e interesante en lo que nunca habías reparado, porque la vida se nos escapa mientras la perseguimos. Detente y déjate atrapar por ella, compártela contigo mismo, el resto vendrá por sí solo porque solo cuando estamos llenos de vida podemos repartirla con los demás. Muchas gracias.  

El ferry sale de puerto. Tendrá Levante en la travesía.

El ferry sale de puerto. Tendrá Levante en la travesía.

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