Todo lo que era sólido

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Este es el título del último ensayo de Antonio Muñoz Molina que recomiendo vivamente. Lo escribió durante el año 2012 en los días más oscuros de la crisis y se publicó a comienzos del año pasado. ¿Y por qué tributo hoy este espacio a un libro? Normalmente lo dedico a intentar suscitar alguna reflexión sobre nuestra condición humana, a esbozar en estos tres minutos quincenales algún trazo grueso que provoque en los oyentes indagación posterior. Pues bien, tras la segunda lectura del libro que da título hoy a estas líneas concluyo que no hay mejor forma posible de analizar quiénes somos y cómo nos comportamos.
El andaluz de Úbeda, Muñoz Molina, Premio Nacional de Literatura en dos ocasiones, entre muchos otros reconocimientos, ha vivido en Nueva York los últimos 13 años, parte de ellos como director del Instituto Cervantes de tan peculiar metrópoli, lo que le permite ver a sus paisanos con la clarividencia que la distancia permite. El recorrido que nos regala en este accesible libro, casi de bolsillo, es un descubrimiento impagable de lo que como pueblo fuimos, somos y podríamos ser, junto a lo que nos creemos, nos intentan hacer creer y nos dejamos convencer. Comunista en la clandestinidad durante el tardo franquismo, Antonio es hoy, como toda persona que reflexione a fondo sobre la política, la economía y la organización social, un escéptico, un decepcionado, un inconformista permanente, con la capacidad singular en su caso de poder contarlo con la desnuda belleza de su castellano más lúcido.
La clase política, la financiera, la empresarial, la trabajadora, la sindical, los arribistas, la cultura del pelotazo, los años ciegos de Eldorado, la negación de la crisis, el despilfarro hortera, la caída sin red, en fin, un relato sin concesiones ni adoctrinamiento, con incursiones objetivas y clarividentes en nuestro pasado pre democrático e incluso en sus antecedentes. Probablemente nadie se sentirá complacido en su lectura salvo quienes compartimos esa insatisfacción permanente hacia la actitud del poder pero también hacia el conformismo y la inacción de quienes nos tenemos por ciudadanos. Como dice Antonio: “Cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados”.
Y una última perla para terminar mi recomendación de hoy: “La misma generación que creció sin derechos quiso inventar un mundo en el que no parecían existir los deberes”. No se puede identificar mejor ni con menos palabras uno de los grandes problemas que hoy asuelan nuestra convivencia y nuestro progreso, creer que todo nos ha de ser dado sin poner de nuestra parte el más mínimo esfuerzo, que somos eternos bebés cuya única misión aquí es acercar la boca al pezón materno y chupar, soñando con que la leche no tiene fin porque cae del cielo. Pues eso: Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina.

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