Un futuro para Soria (parte I)

Rehabilitación de arquitectura rural en Somaén     (Del libro “Vías de Soria” páginas 259 a 263) He oído con insistencia los lamentos y las quejas de los sorianos, y las justas reclamaciones para que se saque a su provincia del olvido al que parece tenérsela sumida, dotándola entre otros servicios, de infraestructuras, especialmente autopistas y buenas carreteras. Probablemente lo del olvido sea verdad o por mejor decirlo, cierto abandono. Pero la Administración Central debe atender las demandas de cincuenta provincias y dos ciudades autónomas y la Administración Regional, es decir el gobierno de Castilla y León, tiene que satisfacer necesidades transferidas de nada menos que nueve provincias, pues como bien sabemos es la mayor región de Europa. Soria es la provincia más despoblada de Castilla y León y también de España y sus legítimas aspiraciones tienen menos repercusión política, en número de votos, que las que puedan reivindicar unidades de mayor densidad de población. Y ese problema no parece que vaya a desaparecer pronto. Así que deberán ser los propios sorianos quienes decidan hacer de su tierra lo que quieran que sea.

            El gran reto para las empresas que pretenden triunfar en mercados de oferta saturada se resume nítidamente en una palabra: diferenciarse. Sólo aquellos emprendedores que son capaces de emitir un mensaje claro de ventaja competitiva, es decir, de diferenciación sobre sus competidores, tienen éxito en sus empresas. Esto vale igualmente para otro tipo de organizaciones como puede ser perfectamente una provincia española. En los últimos años, quizá ya décadas, se ha emprendido una carrera frenética por parte de gobiernos regionales, diputaciones y ayuntamientos para atraer turistas a sus dominios. Es el nuevo Eldorado. Sólo parece preocupar el número de turistas que visitan una región, una provincia, una comarca, una ciudad o una mancomunidad de municipios, que de todo tipo de entes se dotan para venderse mejor. El precio que se debe pagar por ello da igual: destruir parajes naturales, contaminar mares, ríos y aires, destrozar el paisaje, hormigonar el territorio, destruir cascos históricos, afear el entorno, convertir en horrorosas ciudades fantasma durante diez meses al año lo que fueron bellos pueblos de pescadores o agricultores y… no hay que dar más ideas, lo vemos cada día en directo y a través de los medios de comunicación. Ello comporta una pérdida de identidad de cada lugar, un aluvión de trabajadores de baja cualificación para atender las avalanchas de turistas, normalmente temporales, que luego se quedan sin oficio ni beneficio y por lo tanto con los riesgos fáciles de imaginar. Es cierto que este panorama un tanto extremo se da más en las costas que en el interior, pero es mayor cada día el afán de todos por apuntarse al carro del turismo masivo a costa de lo que sea. Hemos pasado del no sólo de pan vive el hombre, al sólo de turistas viven los pueblos. Lo que importa es el número, aquel que aparece en las estadísticas, no su calidad, su respeto por el lugar que visita, su aportación a la riqueza de sus gentes: riqueza cultural, social y económica. Se están abandonando las actividades productivas básicas: la agricultura, la ganadería, la transformación y la industria por el milagro sobrevenido de los servicios. Se talan árboles para plantar adosados. Se venden ganados para montar hotelitos. Se cierran factorías para abrir franquicias de ropa, comida rápida o cafés foráneos. Que produzcan otros.

            Una buena parte de la publicidad que nos bombardea en las televisiones nacionales, regionales y locales, en Internet y en la prensa escrita es la que, con el dinero de todos, despilfarran las administraciones públicas anunciando las bondades de su región, provincia, ciudad o comarca. ¿Son ustedes capaces de “diferenciarlas”? Todas muestran, con mayor o menor fortuna, bucólicos paisajes verdes, luminosos campos de golf, agrestes montañas, parejas sonrientes, playas doradas (esto sólo lógicamente las regiones costeras), modernos palacios de congresos, hoteles de ensueño, gastronomía exuberante… Desde Andalucía a Galicia, desde Cataluña a Asturias, la Comunidad Valenciana, La Rioja, Castilla-La Mancha, Castilla y León… todos venden lo mismo: la Arcadia feliz. Y cuando se visitan esas “tierras prometidas” se descubre en demasiadas ocasiones la cruda realidad: precios desorbitados, servicio deficiente, instalaciones defectuosas, tráfico infernal, aparcamiento imposible, ruidos insoportables, lugares cerrados cuando deberían estar abiertos, información insuficiente o errónea, horarios que no se cumplen, aguas pestilentes…

            Permítanme que les confiese uno de mis latiguillos. Cuando la gente se queja de todas estas cosas al haber visitado este o aquel lugar, hace ya tiempo que suelo decir convencido: ¡siempre nos quedará Soria! Invariablemente contemplo una irreprimible cara de extrañeza junto a una interrogación que casi es más una interjección: ¿¡Soria!? Y entonces lo cuento, o mejor dicho, la cuento. Cuento lo que tiene Soria… de “diferente”. Y la gente se sorprende pero se queda con la copla y meses después suelen decirme: tenías razón, fuimos a conocer Soria y hemos quedado encantados, ¿por qué será tan desconocida? Antes de seguir he de aclarar que la gente a la que le cuento Soria es aquella a la que le supongo capacidad y talante para apreciar y valorar su diferencia. No a los gregarios, no a los ruidosos, no a los vulgares, no a quienes buscan horteras destinos de moda, no a los que son incapaces de encontrarse a gusto consigo mismos, ni a aquellos que buscan ofertas de duros a cuatro pesetas (dicho popular que se nos ha quedado viejo y que podríamos actualizar diciendo que buscan ofertas de euros a 130 pesetas).

            La provincia de Soria cuenta con más de 200 fortificaciones, entre castillos, atalayas, torres, ciudades amuralladas y casas fuerte, con más de 50 monumentos románicos, con dos monumentales catedrales: la de El Burgo de Osma y la concatedral de la capital, con el espléndido monasterio cisterciense de Santa María de Huerta y tres importantes yacimientos celtibéricos: Numancia, Uxama y Tiermes. En sus Picos de Urbión nace, y buena parte de sus tierras baña, el gran Duero, y es regada por otros 30 ríos y arroyos. El Sistema Ibérico al norte y al este y el Central al sur representan la plenitud de una naturaleza casi virgen y bellísima que llega a lo sublime en el Parque Natural del Cañón del Río Lobos. Es el pulmón pinariego de España. Casi doscientos pueblos entrañables, unos cuarenta de ellos totalmente abandonados, conforman esta tierra de la estremadura, el límite del viejo reino de Castilla. Pero, con todo, otras provincias españolas, especialmente castellano-leonesas, podrían competir con este catálogo de grandezas. La gran “diferencia” de la provincia de Soria, lo que nadie puede arrebatarle ni falta que le hace, es ser la provincia de España con menor población de Castilla, de España y quizá de Europa: 93.593 habitantes (INE, enero 2007); la siguiente más despoblada es Teruel, con 142.160 habitantes, lo que supone un 52% más de población; además su densidad es también la más baja: 9 habitantes por kilómetro cuadrado.                  

            Se me preguntará: ¿y esta diferencia sirve para algo?, ¿es positiva?, ¿no es una desgracia? Suponiendo que fuera una desgracia, cosa que no comparto, es cuestión de hacer de la desgracia, virtud. Una tierra poco poblada, con una naturaleza envidiable y con un patrimonio histórico de categoría debe planificar y ejecutar con esos tres elementos fundamentales su baza estratégica de futuro. Un futuro que, por encima de todo, conlleve una oportunidad para mejorar la calidad de vida de sus gentes, mediante la especialización en cada uno de los sectores de la actividad económica: la agricultura, la ganadería, la industria limpia, el comercio y los servicios, incluyendo en éstos, lógicamente, las comunicaciones, la tecnología y el turismo, palabra esta última que como consecuencia de la saturación ha acabado por implicar connotaciones negativas pero servirá para entendernos aunque por mi parte prefiero hablar de viajeros y visitantes antes que de turistas.

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